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¡La historia LGBTQ es la historia de la unidad y la lucha de la clase trabajadora!

Mientras la derecha y la administración Trump avanzan a toda marcha en sus intentos por revertir los derechos de las personas LGBTQ, es más importante que nunca aprender de la historia de la lucha que conquistó esos derechos.

Tan solo este año, se han presentado más de 500 proyectos de ley para su consideración en el Congreso y en las legislaturas estatales. El Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano de Estados Unidos (U.S. Department of Housing and Urban Development, HUD) ha tomado medidas para eliminar las protecciones relativas a la identidad de género en los refugios de alojamiento temporal. Los planes federales de seguro médico ahora restringen explícitamente la cobertura de la atención de afirmación de género. En el caso Chiles v. Salazar, la Corte Suprema de Estados Unidos determinó que las prohibiciones de las terapias de conversión para menores violan la Primera Enmienda. Estos son tan solo algunos de los ataques que las personas LGBTQ enfrentan en todo el país.

El retroceso de los derechos LGBTQ no es inevitable. Durante más de un siglo, las personas LGBTQ han luchado para obtener fallos históricos de la Corte Suprema que legalizaron el matrimonio igualitario, ampliar la cobertura médica de la atención de afirmación de género, conquistar el derecho a adoptar y mucho más. Aunque las personas LGBTQ encabezaron estas luchas, no lucharon solas. Personas trabajadoras de distintas orientaciones sexuales e identidades de género lucharon hombro con hombro durante la Revolución por los Derechos Civiles, el Movimiento de Liberación de las Mujeres y el movimiento contra la guerra de las décadas de 1960 y 1970, y continuaron haciéndolo hasta bien entrada la presente década, con los levantamientos de 2020 que exigieron el fin de la violencia contra las mujeres trans negras.

Aunque hoy la lucha LGBTQ suele presentarse como una causa que necesita un movimiento propio, la historia de la organización LGBTQ demuestra que el camino para derrotar la homofobia y la transfobia requiere organizar a una clase trabajadora unida. Las grandes huelgas portuarias del Sindicato de Cocineros y Camareros de la Marina, fundado en 1901, y los boicots contra Coors de las décadas de 1950 a 1970 ofrecen lecciones fundamentales para la organización actual por la liberación LGBTQ. Ambas luchas sindicales contribuyeron a forjar una solidaridad multinacional y a favor de los derechos LGBTQ, superando las divisiones impuestas por la clase multimillonaria y demostrando que el camino hacia la liberación LGBTQ exige unir la lucha por los derechos LGBTQ con los numerosos movimientos populares de la clase trabajadora y de los pueblos oprimidos.

La Gran Depresión y las grandes huelgas portuarias

El Sindicato Nacional de Cocineros y Camareros de la Marina (National Marine Cooks and Stewards Union, MCS) se fundó en 1901 como un sindicato segregado que organizaba únicamente a trabajadores blancos. Para 1933, hasta 15 millones de personas estaban desempleadas – alrededor del 25% de toda la clase trabajadora estadounidense –. Los dueños de las fábricas aprovecharon al máximo la grave situación económica, avivando el racismo al intentar utilizar a trabajadores negros e inmigrantes como rompehuelgas y respaldando a los esquiroles con la policía, matones a sueldo y la Guardia Nacional.

A pesar del desempleo generalizado y de las terribles condiciones de la Gran Depresión, millones de trabajadores se declararon en huelga entre 1933 y 1937. En 1934, Harry Bridges, dirigente sindical de la Asociación Internacional de Estibadores (International Longshoremen’s Association, ILA) y miembro del Partido Comunista, comenzó a recorrer puerta por puerta las comunidades negras para pedir apoyo a una huelga que se avecinaba y comprometerse a poner fin a la discriminación en la contratación en los muelles. Junto con otros organizadores, Bridges comenzó a transformar lo que había sido un sindicato controlado por la empresa en un sindicato combativo, capaz de derrotar a los patrones y conquistar mejores condiciones para todos los trabajadores.

En ese momento, el MCS unió fuerzas con la ILA y también se dedicó a superar las divisiones históricas basadas en la raza y la orientación sexual. Como muchos otros sindicatos de la época, el MCS excluía a trabajadores negros, asiáticos, asiático-estadounidenses y LGBTQ, quienes constituían la mayoría del personal de cocina y servicio. Pese a las políticas excluyentes del sindicato, la mayoría de los cocineros y camareros eran negros y asiáticos, y un porcentaje considerable eran hombres gays – o “locas”, según la expresión de la época –. Los cocineros y camareros se veían obligados a trabajar jornadas de 16 horas, siete días a la semana, por los salarios más bajos del sector marítimo, mientras el sindicato se negaba a combatir las políticas y el trato discriminatorios.

Esto cambió durante las huelgas portuarias de principios de la década de 1930. Al igual que la ILA, el sindicato estaba fuertemente influenciado y dirigido por comunistas y simpatizantes comunistas que reconocían la necesidad de unir a trabajadores de todos los orígenes. Estos esfuerzos llevaron al sindicato a adoptar el lema: “Si permiten que nos persigan por ser rojos, después nos perseguirán por nuestra raza; y si permiten que nos persigan por nuestra raza, después nos perseguirán por ser locas. Por eso tenemos que mantenernos unidos”.

En 1934, su solidaridad y sus alianzas intersindicales se pusieron a prueba cuando casi todos los trabajadores marítimos se declararon en huelga. Mientras los patrones intentaban contratar esquiroles para ocupar sus puestos, las bases de los Teamsters se negaron a manipular mercancías transportadas por rompehuelgas. Los esquiroles se topaban a diario con una férrea resistencia al intentar cruzar los piquetes, y la unidad de los trabajadores mantuvo viva la huelga durante 83 días.

Ante una violencia estatal que escaló hasta desembocar en lo que llegó a conocerse como el “Jueves Sangriento”, en el que murieron dos trabajadores y más de 100 resultaron heridos, los trabajadores siguieron adelante y organizaron la huelga general de San Francisco. Ciento veinte sindicatos votaron a favor de la huelga general, los trabajadores no sindicalizados se quedaron en sus casas y más de 100,000 trabajadores de múltiples industrias abandonaron sus puestos, paralizando la ciudad.

Tras conquistar contratos colectivos para los trabajadores marítimos de toda la costa, el MCS se incorporó al Congreso de Organizaciones Industriales (Congress of Industrial Organizations, CIO), reformó sus estatutos para reflejar su unidad con los trabajadores LGBTQ y de nacionalidades oprimidas, paralizó labores cuando el transatlántico de pasajeros Lurline se negó a contratar a una mujer negra llamada Luella Lawhorn e integró una dirección multinacional.

A pesar de que posteriormente fue expulsado del CIO durante la era macartista, el MCS demostró que, mediante la lucha conjunta, los trabajadores pueden superar las divisiones creadas por los patrones y convertir su unidad en el arma más poderosa de la lucha de clases.

Los Teamsters boicotean a Coors

Al igual que las grandes huelgas portuarias, el boicot contra Coors representó una alianza histórica entre el movimiento sindical y los movimientos antirracista y LGBTQ. Los boicots sindicales contra Coors se remontaban a la década de 1950 y respondían a diversos motivos. En primer lugar, aunque la industria cervecera estaba ampliamente sindicalizada, la empresa Coors Brewing Company, con sede en Colorado, se había resistido durante mucho tiempo a la sindicalización y era conocida por sus prácticas discriminatorias contra trabajadores negros, mexicanos y gays, así como por sus prácticas antisindicales. Quienes solicitaban empleo en Coors se veían obligados a responder preguntas sobre su orientación sexual y sobre si apoyaban a los sindicatos. La propia familia Coors ha mantenido durante décadas estrechos vínculos con políticos conservadores y ha financiado organizaciones de derecha como la Fundación Heritage (Heritage Foundation).

En 1973, la lucha se reanudó cuando los repartidores de cerveza de San Francisco, sindicalizados en el Local 888 de los Teamsters, decidieron declararse en huelga y convocar un nuevo boicot. La Hermandad Internacional de Camioneros (International Brotherhood of Teamsters) se fundó en 1903 para representar a los hombres que conducían carretas tiradas por caballos y a los mozos de cuadra. Con el tiempo, el sindicato amplió su representación a una mayor variedad de oficios, incluidos los transportistas de grava, los conductores de carretas cerveceras y los choferes de los nuevos “camiones motorizados”.

Uno de los principales dirigentes del boicot contra Coors en la década de 1970 fue Allan Baird, entonces presidente del Local 921 de los Teamsters, quien organizaba piquetes y acciones de boicot desde su casa en el distrito de Castro, un bastión de la clase trabajadora que en aquella época contaba con una creciente población LGBTQ. Con la ayuda de decenas de otros miembros de los Teamsters, Baird envió a repartidores de cerveza en huelga a supermercados locales con carteles, volantes y megáfonos para convencer a los comercios de retirar Coors de sus estantes. También comenzó a forjar sólidas alianzas con Harvey Milk, activista gay y aspirante a un cargo público, y con su asistente Howard Wallace, un camionero abiertamente gay afiliado a los Teamsters y cofundador de Liberación Gay del Área de la Bahía (Bay Area Gay Liberation, BAGL). Los integrantes de BAGL comenzaron a recorrer los bares gays de la zona para convencer tanto a los clientes como a los propietarios de sumarse a la lucha.

Para noviembre de 1974, más organizaciones se habían incorporado a la lucha, entre ellas el Movimiento Indígena Estadounidense (American Indian Movement, AIM) y el Partido Pantera Negra. Ambas organizaciones respaldaron tanto el boicot como un innovador plan de acción afirmativa de los Teamsters que daba prioridad a solicitantes LGBTQ y de nacionalidades oprimidas para ocupar las vacantes de repartidor de cerveza. Poco después, Milk escribió en el Bay Area Reporter que “la unión de los repartidores de cerveza, los negros, los chicanos, los latinos y los gays luchando juntos” había sembrado “las semillas de luchas conjuntas”.

La lucha logró unir a trabajadores a través de las divisiones raciales, sexuales, de género y políticas. Los Teamsters, conocidos en aquel momento como un sindicato más “conservador en lo social”, unieron fuerzas con trabajadores de todos los orígenes al comprender que todos compartían una misma lucha: la lucha contra la clase dominante. Tras una década de boicot activo, Coors se vio obligada a cambiar sus prácticas de contratación y a inyectar cientos de millones de dólares en las comunidades que habían participado en el boicot.

Forjar la unidad mediante la lucha de clases

Tanto las huelgas del MCS como el boicot de los Teamsters contra Coors demostraron la posibilidad y la necesidad de que una clase trabajadora unida se enfrente a las corporaciones poderosas, la élite dominante y el fascismo. Estas luchas demostraron que, cuando los trabajadores se organizan colectivamente, pueden desafiar incluso a las corporaciones más poderosas y vencer. Estas victorias se conquistaron mediante la acción colectiva, la solidaridad entre movimientos y una visión común. El papel destacado que desempeñaron los comunistas en ambas luchas demuestra la necesidad de un partido organizado de la clase trabajadora que proporcione dirección, dé forma al movimiento y tienda puentes entre las distintas luchas.

Mientras continúan los ataques contra los derechos de los trabajadores y las personas marginadas, el movimiento sindical debe ser multinacional y estar comprometido con la liberación LGBTQ, y el movimiento LGBTQ debe unirse a las muchas otras luchas populares de los pueblos oprimidos y la clase trabajadora. Los esfuerzos actuales por revertir los derechos conquistados mediante la lucha LGBTQ se presentan como una forma de proteger al hombre y la mujer “comunes” de la clase trabajadora. Se afirma que los “derechos de los padres” están bajo ataque. Se dice que la atención de afirmación de género es “un producto de las grandes farmacéuticas” y que los médicos están “insuficientemente regulados”. La justa indignación popular ante un sistema educativo carente de fondos y una industria capitalista de la salud se utiliza como vehículo para impulsar leyes antitrans. En última instancia, esta lucha nos afecta a todos, seamos LGBTQ o no, ya que el acceso a la atención médica, a una educación de calidad y el derecho a la autonomía corporal son derechos que deberían garantizarse a todas las personas. Como afirmó Leslie Feinberg, activista comunista y transgénero: “Lo que nos une no es una sexualidad común ni experiencias, identidades o formas de expresión compartidas. Es que nos enfrentamos a un enemigo común”.

Las lecciones del Sindicato de Cocineros y Camareros de la Marina y del boicot contra Coors trascienden ampliamente su época histórica. Demuestran la necesidad del compromiso con la lucha, la organización sostenida, la disciplina y la unidad de la clase trabajadora. La agenda de extrema derecha de la administración Trump puede ser derrotada si las luchas por la liberación LGBTQ, la liberación negra, los derechos de los inmigrantes y muchas otras se unen como parte de una lucha más amplia para defender nuestros derechos democráticos y construir un mundo nuevo que garantice los derechos, la dignidad y la liberación de todos los pueblos oprimidos.

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