El siguiente artículo apareció por primera vez en la edición de agosto de 2005 de la revista Socialism and Liberation.
El 6 y el 9 de agosto marcan los aniversarios de los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Numerosos relatos históricos y testimonios personales aparecerán en la prensa, recordando la destructividad, la inhumanidad y la miseria prolongada que causaron las dos bombas de Estados Unidos.
Las armas nucleares, como fuerza de matanza indiscriminada responsable de atrocidades indescriptibles, son verdaderamente un armamento de otro tipo. Muchos relatos atribuyen los bombardeos a la cruel lógica de los generales estadounidenses, o a la ignorancia de los responsables de la Casa Blanca. Algunos los defienden como un ejemplo desafortunado de conveniencia militar. En última instancia —se nos recordará— las bombas obligaron a una inmediata rendición japonesa y lograron la victoria sobre el fascismo.
Pero estas explicaciones apenas tocan la superficie. Si bien es cierto que los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki fueron crímenes asesinos, terribles y crueles, se entienden mejor no como el final de la Segunda Guerra Mundial, sino como el inicio de una nueva guerra y de toda una nueva era histórica. Lo que algunos llaman la “Guerra Fría” en realidad comenzó con la incineración nuclear y la masiva pérdida de vidas humanas. Las bombas apuntaron directamente contra Japón, pero políticamente estaban dirigidas a la Unión Soviética, al movimiento comunista mundial y a los pueblos colonizados que luchaban por la liberación nacional.
De aliado a enemigo
La Unión Soviética había sido aliada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y perdió aproximadamente 28 millones de soldados y civiles —más que cualquier otra nación— en la lucha contra el fascismo. Su prestigio estaba en su punto más alto en Estados Unidos. En público, la Casa Blanca no hacía más que elogiar a sus aliados soviéticos. En la Batalla de Stalingrado (que terminó en febrero de 1943), la Unión Soviética logró lo que ni el ejército estadounidense ni el británico pudieron hacer: detener a los nazis.
Después de Stalingrado, las fuerzas fascistas continuaron sufriendo derrotas en Europa Oriental a manos de la Unión Soviética. Italia se rindió en septiembre de 1943. Finlandia, Bulgaria y Rumania capitularon en 1944, y Alemania finalmente se rindió en mayo de 1945. La situación política mundial había cambiado.
Cuando se disipó el humo, emergió un nuevo panorama del mundo de posguerra. El objetivo principal de la política exterior ya no era la victoria sobre el fascismo, sino el control de los territorios conquistados. En la guerra del Pacífico contra Japón, Estados Unidos reorientó su estrategia. Cuando Estados Unidos lanzó las bombas atómicas, la derrota de Japón —un país ya a la defensiva y sin aliados— era inminente. La principal pregunta era: ¿quién presidiría su rendición?
La derrota inminente de Japón
En Estados Unidos se habla del período de 1941 a 1945 como la “Guerra del Pacífico”, pero en China se le llama la “Guerra de Resistencia contra la Agresión Japonesa” —y esa resistencia había comenzado mucho antes. No es casualidad. Durante décadas, Japón aspiró a controlar China, invadiendo la provincia de Manchuria en 1931 (mientras la Liga de las Naciones permanecía pasiva) y varias ciudades importantes en 1937. El imperialismo japonés enfrentó una férrea resistencia en China, especialmente de los comunistas, y en respuesta masacró ciudades enteras. Estados Unidos era formalmente neutral, seguía comerciando con Japón, pero se sentía amenazado por sus aspiraciones coloniales.
Cuando Japón se alió con la Alemania nazi en 1941, Estados Unidos y Gran Bretaña cortaron su comercio de petróleo y acero, deteniendo su maquinaria de guerra. Necesitado de materias primas, e interpretando el bloqueo occidental como un acto de agresión, Japón invadió puestos coloniales del Pacífico pertenecientes a Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, y atacó Pearl Harbor. Al día siguiente, el 7 de diciembre de 1941, Estados Unidos declaró la guerra a Japón.
El expansionismo japonés se extendió por todo el Pacífico. Sin embargo, para finales de 1942 y principios de 1943, los Aliados lanzaron varias ofensivas exitosas que recuperaron importantes bases japonesas. Esto preparó el terreno para la ofensiva final en la isla principal de Japón y eliminó las materias primas que habían abastecido a su ejército. Mientras tanto, la lucha de liberación en China se intensificaba.
Hacia el final de la guerra, los Aliados bombardearon docenas de ciudades japonesas, a menudo con nuevas armas destructivas. Como en Dresde, Alemania, pocas semanas antes, Estados Unidos bombardeó Tokio con fuego, matando a 100,000 personas. Washington exigió nada menos que la rendición incondicional de Japón. Durante esa campaña de bombardeos en primavera y verano, el ejército estadounidense dejó algunas ciudades intactas. Dos de ellas eran Hiroshima y Nagasaki. En ellas querían probar su nueva invención: la bomba atómica.
Mientras tanto, la clase dominante japonesa estaba dividida. El liderazgo militar quería seguir luchando, pero los políticos “civiles” presionaban al emperador japonés para negociar un tratado de paz. Discretamente, abrieron comunicaciones diplomáticas con los Aliados, lo que implicaba que el sector militar podría aceptar una rendición condicionada (con condiciones como mantener al emperador).
El gobierno estadounidense tenía la intención de mantener al emperador en su reconstrucción de posguerra, pero antes de dar pasos diplomáticos hacia la paz, quería usar sus nuevas armas. El general Dwight Eisenhower, uno de los asesores más cercanos del presidente Harry Truman, argumentó que Japón pronto se rendiría sin las bombas atómicas. Numerosos historiadores han sostenido lo mismo: desde el punto de vista militar, las bombas eran innecesarias.
La situación política, sin embargo, impulsó al imperialismo estadounidense a actuar. En febrero de 1945, la Unión Soviética aceptó abrir un frente contra Japón. En ese momento, Estados Unidos y Gran Bretaña creían que solo la intervención soviética podía conducir a una rápida rendición japonesa. La guerra en Europa terminó en mayo, y la Unión Soviética se preparaba para entrar en la guerra del Pacífico en agosto.
Aunque inicialmente habían buscado la intervención soviética, en julio Estados Unidos ya había probado con éxito la bomba atómica y esperaba que Japón se rindiera antes de que la URSS llegara. Con la Unión Soviética preparándose para invadir a través de China, el gobierno estadounidense lanzó la primera bomba el 6 de agosto sobre Hiroshima, matando instantáneamente a 80,000 personas. El presidente Truman, quien ordenó el bombardeo, la defendió como una forma de forzar la rendición y salvar vidas estadounidenses que se habrían perdido en una invasión terrestre.
La Unión Soviética declaró la guerra a Japón el 8 de agosto, y al día siguiente Estados Unidos lanzó la segunda bomba sobre Nagasaki, matando a otras 100,000 personas. La invasión masiva soviética, junto con la devastación causada por las bombas, llevó a la clase dominante japonesa a rendirse el 14 de agosto. Cientos de miles de civiles japoneses murieron o sufrieron enfermedades y deformidades por la radiación en los años posteriores.
El movimiento comunista mundial
En 1944, el Ejército Rojo soviético atravesó Europa Oriental liberando nación tras nación del fascismo. La Unión Soviética derrotó a los gobiernos más odiados del mundo y el prestigio del comunismo se disparó. Los capitalistas occidentales se opusieron a la expansión del poder soviético, pero en ese momento no pudieron hacer nada.
No sería correcto, sin embargo, atribuir la influencia comunista únicamente al Ejército Rojo. La clase trabajadora europea sabía que los capitalistas de sus propios países habían promovido o colaborado con las fuerzas fascistas durante los años 40. Casi toda Europa continental cayó bajo el dominio fascista. Los comunistas en Europa y Asia se habían mostrado como los combatientes más valientes y defensores de sus pueblos. En ese terreno, el movimiento comunista emergió como la fuerza política dominante en muchos países, con la Unión Soviética como su centro natural de gravedad.
Entre 1935 y el final de la guerra, el Partido Comunista de Austria creció diez veces (a 150,000 miembros) y el de Checoslovaquia casi veinte veces (a 1,160,000). El partido finlandés obtuvo el 25% de los votos en 1945. En Grecia, los comunistas eran la fuerza política dominante; en Yugoslavia, el partido dirigió un vasto ejército reconocido por derrotar a los invasores fascistas alemanes. Yugoslavia fue el único país de Europa Oriental y Central en derrotar a los nazis sin la intervención directa del Ejército Rojo.
Donde la URSS no tenía presencia militar, los partidos comunistas también crecieron enormemente. El partido francés superó el millón de miembros, y el italiano superó los dos millones. El belga se multiplicó por diez y el danés se triplicó. El capitalismo tambaleaba.
Estados Unidos y Gran Bretaña solo reconocieron parcialmente el carácter orgánico del movimiento comunista, atribuyéndolo más bien a una “conspiración soviética”. Los combatientes de la resistencia en muchos países miraban hacia la URSS, pero esas relaciones a menudo moderaban, en lugar de radicalizar, a esos partidos. Para tranquilizar a sus aliados de que no planeaba revoluciones en sus países, el dirigente soviético Iósif Stalin disolvió la Internacional Comunista (Comintern) en 1943. La Internacional Comunista (Comintern) fue una organización fundada por Lenin y los bolcheviques en 1919 para reunir a los partidos comunistas y obreros de todo el mundo con el fin de promover la revolución socialista.
Tras la Segunda Guerra Mundial y el lanzamiento de las bombas atómicas, la tendencia a evitar una nueva guerra con los Aliados capitalistas se acentuó. El gobierno soviético quería, por encima de todo, un respiro para reconstruir su devastada economía e infraestructura. El uso de armas atómicas por parte de Estados Unidos y las crecientes amenazas contra la URSS obligaron a la dirección soviética a desviar una enorme parte de su programa económico a lo militar.
Temiendo que Estados Unidos usara sus armas nucleares contra una URSS sin arsenal nuclear, la dirigencia soviética volcó vastos recursos en su propio programa nuclear. Contrario al mito de la Guerra Fría, los soviéticos adoptaron una postura defensiva en los años de posguerra. Su meta no era expandir el socialismo en Europa Occidental, sino frenar la ofensiva bélica de EE. UU. y evitar un nuevo conflicto.
En 1949, los soviéticos lograron detonar su primera bomba nuclear, pero solo alcanzaron un arsenal significativo a mediados de los años 50.
Los partidos comunistas de Italia y Francia, tras haber liderado la resistencia antifascista, construyeron una amplia base entre la clase trabajadora y el campesinado. Contaban con grandes fuerzas armadas que habían funcionado como resistencia contra la ocupación nazi. En lugar de continuar la lucha armada para llevar adelante la revolución socialista, estos partidos entregaron sus armas y entraron al proceso electoral, respaldados por la dirigencia soviética, que temía que una revolución socialista en Italia o Francia provocara un ataque nuclear estadounidense contra la URSS.
En Grecia, en cambio, el poderoso partido comunista siguió un camino independiente de lucha armada contra el gobierno capitalista respaldado por Gran Bretaña. La dirección soviética no brindó apoyo material a la resistencia comunista griega, que finalmente fue derrotada.
Diplomacia atómica
Mientras la URSS intentaba contener la lucha armada socialista en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, la situación fue distinta en Asia. Las fuerzas revolucionarias que combatían el colonialismo japonés y europeo pasaron a la ofensiva en Corea del Norte, China y Vietnam.
Japón fue ocupado y reconstruido como un gobierno afín a Estados Unidos para contrarrestar la revolución socialista en expansión. Washington consideró seriamente usar armas nucleares en China y, en 1953, llegó a decidir “bombardear con armas nucleares” zonas de Corea del Norte si la guerra seguía mal. En innumerables ocasiones, el gobierno estadounidense usó amenazas nucleares como parte de su nueva “diplomacia atómica”, que se convirtió en un pilar central de su política exterior imperialista.
Aunque popularmente se consideraban un medio de “disuasión mutua”, las armas nucleares fueron desarrolladas por EE. UU. como herramienta de primer ataque contra países sin arsenal nuclear. Michio Kaku y Daniel Axelrod escribieron: “La mayoría de los estadounidenses asume que ‘disuasión’ significa disuadir a los rusos de un ataque nuclear contra EE. UU. Pero lo que el Pentágono pretende es ‘disuadir’ a otras naciones, a menudo más débiles y sin armas nucleares, de interferir con los intereses estadounidenses amenazándolas con escalar ‘a los niveles más extremos de violencia’”.
La actual postura hostil de EE. UU. hacia Irán y Corea del Norte confirma la tesis de Kaku y Axelrod. Las amenazas contra estos países, y contra otros, son la continuación de esa política mal llamada de “disuasión”, que tomó forma al final de la Segunda Guerra Mundial.
Desde la primera vez que fue lanzada, el arma nuclear ha sido la herramienta militar y política del imperialismo estadounidense.




