Durante los últimos meses, el gobierno federal ha ido publicando lenta y parcialmente miles de archivos fuertemente censurados relacionados con el caso del multimillonario Jeffrey Epstein, condenado por tráfico sexual de menores. Estas revelaciones incompletas exponen el funcionamiento interno y la colusión de las más altas esferas de la clase capitalista global con un nivel de detalle minucioso que no se había visto en muchos años. En esencia, estas publicaciones demuestran que Epstein y su red no pueden entenderse como una historia secundaria de crímenes reales dentro de la política mundial, sino como un componente integral de la forma en que funciona el sistema capitalista global.
Los archivos, aunque están fuertemente censurados y son difíciles de revisar, aun así revelan miles de intercambios entre decenas de personas de todos los sectores de la clase dominante y la red de Jeffrey Epstein. Por cada individuo implicado en un crimen específico relacionado con el caso Epstein, los archivos muestran a decenas más que no tuvieron problema en integrarse a la red de intermediación de poder de Epstein. Esto demuestra hasta qué punto Epstein estaba profundamente integrado, e incluso era casi inevitable, en los niveles más altos de la sociedad burguesa, desde la política y las finanzas hasta la academia, la tecnología, el arte, la cultura y la espiritualidad.
Cada una de las personas e instituciones implicadas en estos archivos debe ser investigada y obligada a rendir cuentas por todos los medios posibles. Es muy importante entender la realidad y los detalles de esta situación, no por una curiosidad morbosa, sino para que nuestros movimientos puedan sumarse a las exigencias de justicia para las víctimas, incluso dentro de este sistema legal actual, defectuoso y cómplice. Dicho esto, también es fundamental entender que la única forma de alcanzar una verdadera justicia es construir un movimiento revolucionario que deponga de una vez por todas a esta clase capitalista depravada y retorcida.
Revelador, pero no sin precedentes
Para entender la red de Epstein, debemos examinar los precedentes históricos, los paralelos y los componentes estructurales de las entrañas del capitalismo y el imperialismo que la moldearon. Esto no significa restarle importancia a las particularidades de este caso, sino contextualizarlo plenamente. Lo que sabemos es que Jeffrey Epstein operó una red de intermediación de poder durante un largo período, desde mediados o finales de la década de 1980 hasta finales de la década de 2010, tiempo durante el cual Epstein, Maxwell y sus asociados gozaron de una influencia de gran alcance en todos los sectores de la sociedad de élite.
Esta red demuestra en la práctica la amplia unidad de la burguesía imperialista por encima de sus diferencias e implica a instituciones centrales de la clase dominante, desde las agencias de inteligencia y los funcionarios políticos hasta las instituciones y personas que moldean la cultura, la ciencia y la opinión pública. Los archivos revelan que, en el día a día, esta operación se parecía a una simple gestión de contactos, como lo demuestra la enorme cantidad de correos electrónicos que básicamente consistían en poner en contacto a dos o más figuras poderosas. Este servicio lubricaba el funcionamiento de las más altas esferas del sistema capitalista y era claramente valorado por amplios sectores de nuestras élites sociales. Sería ingenuo suponer que esta fue la primera o la única red de este tipo dentro de la clase dominante.
Hay intentos, desde todas las partes del espectro político, de presentar ciertos elementos de la red de Epstein como algo excepcional. Hay partidarios demócratas que señalan a republicanos implicados, y viceversa. Algunos han hecho intentos ridículos de vincular la red de Epstein con enemigos oficiales como Rusia. Hay quienes quieren minimizar estas revelaciones para protegerse a sí mismos, sus marcas, sus instituciones o quizá por simple contrarianismo. Otros han intentado moralizar y presentar estos crímenes como algo excepcional, como si fueran representativos de una clase dominante particularmente depravada y malvada, quizá motivados por algún tipo de sistema de creencias esotérico.
Lo que sí podemos afirmar con certeza es que la red de Epstein no es históricamente única. La historia de la era capitalista, los últimos 500 años de capitalismo, colonialismo e imperialismo, está repleta de ejemplos de cómo la burguesía ha acumulado cada vez más riqueza, poder e influencia sobre la base de la trata de personas, el asesinato, los delitos financieros y el abuso sexual, en particular de menores de edad.
El abuso sexual de menores es, como ya informó Liberation News, “una práctica histórica de la clase élite estadounidense que se remonta al menos a la época de la esclavitud. Los dueños de esclavos comerciaban con adolescentes negros y con niños de apenas 10 años – conocidos como “Fancy Girls” o “Fancy Boys” – específicamente con fines de prostitución. Estos menores eran considerados productos de lujo de alta gama, a menudo mantenidos separados de otras personas esclavizadas y vendidos o subastados a precios varias veces más altos”. La violación, el abuso y la tortura psicológica revelados en los archivos de Epstein son los mismos crímenes que definieron el sistema de esclavitud en el sur de Estados Unidos.
El propósito de destacar estos ejemplos es demostrar que, aunque la red de Epstein es un fenómeno singular, no es una excepción y forma parte, de hecho, de una larga tradición de cómo se negocia y se acumula el poder dentro de la burguesía. Incluso en décadas recientes, Epstein no es la primera persona acusada de dirigir específicamente una red de tráfico sexual de menores. Coincidiendo con los inicios de la operación de Epstein a finales de la década de 1980 y comienzos de la de 1990, estuvo el llamado escándalo Franklin, que dominó los titulares. Presentado como una operación de chantaje sexual de las élites, el caso fue ampliamente cubierto por la prensa hasta que un gran jurado federal lo declaró un “engaño cuidadosamente elaborado” y enterró la historia.
Las raíces de la red de Epstein, en particular, se remontan a la década de 1980, cuando trabajaba para Intercontinental Assets Group (IAG), una firma consultora que operaba en las zonas grises entre las finanzas internacionales y el crimen organizado: disputas navieras, acuerdos de armas y del sector aeroespacial, y lo que Epstein describía como ayudar a “gobiernos a recuperar dinero saqueado por dictadores africanos“. Este mundo del llamado “dinero negro” es una parte integral del sistema capitalista global y, antes del ascenso de Epstein como un nodo poderoso dentro de este sistema, hubo otros.
Epstein y el imperio
La historia de las intersecciones entre las altas finanzas, la geopolítica imperialista, el crimen organizado y el chantaje sexual es constitutiva del propio capitalismo moderno. El mundo en el que Epstein se formó durante la década de 1980 estaba dominado por figuras como Adnan Khashoggi, el traficante saudí de armas, acusado desde hace mucho tiempo de utilizar a mujeres y niñas como “carnada sexual” y de ser uno de los “mayores putañeros del mundo”. Khashoggi, al igual que Robert Maxwell, padre de Ghislaine Maxwell, la principal co-conspiradora de Epstein, fue un importante operador de inteligencia de la era de la Guerra Fría con profundos vínculos con el Estado israelí.
Khashoggi fue un importante intermediario financiero en el escándalo Irán-Contra, mediante el cual la inteligencia estadounidense dirigió una operación global de tráfico de armas y drogas para financiar a la contrarrevolución genocida en Nicaragua. El papel de Khashoggi consistía en lavar dinero para la operación a través del Banco de Crédito y Comercio Internacional (Bank of Credit and Commerce International, BCCI), que colapsó a principios de los años noventa cuando se reveló que en realidad era una vasta operación de lavado de dinero utilizada para financiar operaciones encubiertas.
Khashoggi también era miembro del “Safari Club”, una alianza secreta de los servicios de inteligencia de Egipto, Francia, Arabia Saudita, Marruecos e Irán, bajo la dictadura proestadounidense del sha, organizada por la Agencia Central de Inteligencia (Central Intelligence Agency, CIA) a finales de los años setenta y principios de los ochenta para lavar operaciones encubiertas dirigidas contra movimientos anticoloniales y antiimperialistas en África sin conocimiento ni supervisión del Congreso. Durante ese período, y después, Khashoggi fue cliente de Epstein, probablemente a través de IAG. Este ambiente en el que surgió la red de Epstein explica en cierta medida la obsesión específica que Epstein y Maxwell tenían con el mundo árabe.
En cuanto al mundo árabe, comentaristas tanto de la izquierda antisionista como de la derecha reaccionaria han identificado correctamente los profundos vínculos entre Epstein, por un lado, y tanto la inteligencia israelí en particular como la ideología sionista y los objetivos geopolíticos en general, por el otro. Sin embargo, estos análisis a menudo interpretan erróneamente la evidencia como si fuera la prueba definitiva de que la red de Epstein era una operación puramente israelí para “controlar” a Estados Unidos. En realidad, lo que esta conexión revela es la alineación estructural y la unidad orgánica que definen la relación entre Estados Unidos, Israel y la unidad de la clase dominante imperialista.
Los archivos publicados también muestran extensas interacciones entre Epstein y el ex primer ministro israelí Ehud Barak, así como profundas relaciones con importantes sionistas estadounidenses como Alan Dershowitz. El propio Epstein era además un sionista ferviente, como lo demuestra su correspondencia, que revela una profunda creencia en la eugenesia y en la supremacía racial de las personas blancas, y en particular de los judíos europeos.
Hay incontables ejemplos del sionismo profundamente arraigado de Epstein y Maxwell, incluido un correo electrónico que Maxwell envió a decenas de personas en las semanas posteriores a los ataques del 11 de septiembre y que contenía un breve poema especulativo, ambientado en el año 2032 tras el genocidio completo de “los árabes”. Está claro, a partir de estas conexiones, que Epstein y Maxwell eran sionistas comprometidos ideológicamente y que además estaban profundamente interesados, tanto financiera como políticamente, en moldear el futuro de Medio Oriente mediante la articulación de políticos y empresarios en Israel y los países del Golfo.
La destrucción de países por la guerra y el imperialismo es parte integral del tráfico sexual global, las altas finanzas y las empresas tecnológicas que sostenían la operación de Epstein. No es casualidad que Epstein encontrara a muchas de las niñas que terminarían siendo tanto sus víctimas como sus activos entre los escombros de países destruidos por el imperialismo. Los archivos están llenos de referencias a niñas de Rusia, Ucrania y otras ex repúblicas soviéticas y socialistas en Europa, de una Centroamérica todavía sacudida por las guerras de la Contra de los años ochenta, y también de comunidades de clase trabajadora en Estados Unidos, igualmente devastadas económicamente por el neoliberalismo y la desindustrialización.
No es casualidad que los archivos señalen a México, un país largamente subyugado por Estados Unidos y utilizado como campo de recreo por narcotraficantes estadounidenses y operativos de la Delta Force, como escenario de muchos de estos crímenes. Entre ellos figura un correo electrónico que afirma que Earl Anthony Wayne, ex embajador de Estados Unidos en México y profesor de American University, violó y dejó embarazada a una menorv y que, al ser sentenciado a cadena perpetua, logró arreglar que “un ex marine estadounidense ocupara su lugar” en un “acuerdo negociado entre nuestro Departamento de Estado de EE. UU. y un juez en México tras un enorme soborno”.
Tampoco es casualidad que, en una correspondencia censurada de noviembre de 2016, un asociado de Epstein cuyo nombre fue tachado le escribiera: “Fidel Castro died now a lot of possibilities for me”. En un sentido más que metafórico, Cuba antes de la revolución funcionaba como una versión gigantesca de Little Saint James, la llamada “isla de Epstein”. Es decir, como un refugio para el comercio sexual, el narcotráfico y los aspectos más ilícitos del sistema capitalista mundial. No es una exageración identificar esa distopía decadente como el orden que los actuales ataques contra el pueblo cubano y su revolución buscan restaurar.
La narrativa de la “distracción”
Otra narrativa común, particularmente entre quienes se alinean con el Partido Demócrata, ha sido la idea de que cualquier acción provocadora de la administración Trump – el secuestro de Nicolás Maduro, las ejecuciones públicas por parte del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (U.S. Immigration and Customs Enforcement, ICE) de Renee Good y Alex Pretti en Minneapolis, o la guerra ilegal y cada vez más intensa contra Irán – constituye una “distracción” respecto a la publicación de los archivos de Epstein.
Sin embargo, esta narrativa se basa en la idea de que este sistema capitalista, el mismo sistema que crea las condiciones para que personas profundamente antisociales como Epstein no solo sobrevivan, sino que prosperen y ejerzan poder sobre miles de millones de personas en este mundo, es capaz de hacer justicia a las víctimas y derribar a los perpetradores. Esa es una mentira que no podemos permitirnos creer.
La red de Epstein no puede reducirse al propio Epstein, ni es históricamente única en el desarrollo del capitalismo. Sin embargo, reparar en el momento en que estas revelaciones salen a la luz sí es significativo, porque de lo que realmente distraen es del momento histórico de lucha de clases, disidencia y elevación de la conciencia que estamos viviendo ahora.
Nuestras redes sociales, los medios de comunicación dominantes y los medios alternativos están inundados, en cambio, de detalles horribles de abuso y trauma, y se nos hace parecer más imposible que nunca la idea de que podemos exigir y conquistar justicia por estos crímenes. Los medios dominantes se contentan con seguir circulando estos crímenes del pasado. El teatro político partidista y el señalamiento mutuo son, en sí mismos, la distracción respecto a la enorme magnitud de la resistencia popular que existe hoy en este país.
Estos documentos, y su publicación constante y parcialmente censurada, son profundamente perturbadores en el plano psicológico para nuestro pueblo, para sobrevivientes, para niñas y niños y para víctimas de crímenes similares. Y, sin embargo, están censurados hasta el punto de mantener ocultos a los principales patrocinadores y organizadores de esta red. En su peor expresión, esta narrativa amenaza con convertir la indignación justificada de millones de personas frente a los crímenes de la clase dominante en una postura pasiva, alentando a un sistema completamente cómplice a que haga justicia a las víctimas.
Se trata de una herramienta debilitante sobre la psiquis colectiva, destinada a asustarnos hasta la sumisión, a pacificar la creciente resistencia de la clase trabajadora y a ocultar el sentimiento unificador entre nuestro pueblo de que necesitamos un sistema completamente nuevo. Las víctimas de estos criminales deben buscar, sin duda, el máximo grado de justicia posible mediante los mecanismos legales existentes bajo el sistema actual, pero también sabemos que necesitamos un sistema nuevo para hacer posible una verdadera justicia.
Necesitamos un sistema nuevo
Las instituciones capitalistas no serán nuestro camino hacia la justicia. De hecho, si el sistema capitalista intentara hacer rendir cuentas a cada persona directamente implicada en los archivos, el sistema colapsaría bajo el peso de sus propias contradicciones. Esta realidad puede ser una llamada de atención para millones de personas que desean desesperadamente ver justicia para las víctimas de Epstein: podemos conquistar justicia en la lucha por el socialismo.
En los últimos cinco años, hemos pasado por una pandemia que dejó morir a nuestras comunidades, brutalidad policial, catástrofe climática, miles de millones de dólares de los impuestos estadounidenses enviados a financiar el genocidio, y ahora estamos presenciando terror, secuestros y ejecuciones de ICE a plena luz del día. La conciencia masiva de que el socialismo es la solución, un sistema dirigido por la clase trabajadora y no por multimillonarios, un sistema que satisface las necesidades de la gente, está creciendo vertiginosamente.
La publicación de los archivos de Epstein no puede convertirse en una distracción frente a los avances que estamos viendo en tiempo real mientras nuestro movimiento se une por encima de líneas históricas de división. No puede ser una distracción frente a la juventud de secundaria movilizada contra el terror de ICE y saliendo de las escuelas todos los días en Houston, Atlanta, la ciudad de Nueva York y Minneapolis. Tampoco puede ser una distracción frente al creciente movimiento contra la guerra que se desarrolla en oposición a que nuestros impuestos se utilicen para la guerra estadounidense-israelí contra Irán en lugar de financiar salud, educación y necesidades básicas.
Este es el momento en que la clase dominante quiere vernos en silencio, cínicos y pacificados. Sin embargo, sabemos que nuestro poder, nuestra fuerza y nuestro camino hacia la liberación provienen de organizarnos y unirnos en las masas, y de tener claridad en que, aunque las instituciones capitalistas sigan revelando sus daños y sus verdades, no nos apartaremos de la resistencia.




