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Las raíces del trumpismo se extienden a lo largo de toda la historia de Estados Unidos

Este artículo se publicó originalmente en Lava, la revista del Partido del Trabajo de Bélgica (Workers’ Party of Belgium).

Puede resultar difícil creer que una persona como Donald Trump haya alcanzado las más altas esferas del poder político en Estados Unidos. Dado su estilo extraño y completamente impredecible de comunicarse y tomar decisiones, puede ser tentador concluir que Trump es una anomalía – una casualidad histórica en la que una figura fortuita se encontraba en el lugar indicado en el momento oportuno –.

Sin duda, el azar y la suerte influyeron en el ascenso de Trump, y en la memoria viva no ha habido otro dirigente mundial que actuara como él. Sin embargo, más allá de su personalidad, las fuerzas que impulsan el ascenso de Trump y la extrema derecha tienen profundas raíces históricas. Un análisis más detenido demuestra que el sistema político y social estadounidense produce orgánicamente la ideología que anima al sector de extrema derecha de la clase dominante del país. Este sector de la clase dominante vio en la segunda administración Trump un vehículo para transformar la forma de gobierno dentro de Estados Unidos mediante la eliminación de las amplias reformas surgidas de la Revolución por los Derechos Civiles (1955–1970).

Por supuesto, aquella “revolución” no modificó las relaciones fundamentales de propiedad. No fue una revolución social integral. La clase capitalista conservó el poder político y social. Sin embargo, su impacto en la vida política y social estadounidense fue profundo. En un sentido muy importante, los logros del movimiento por los derechos civiles equivalieron a una Segunda Reconstrucción, una continuación de la Primera Reconstrucción posterior a la Guerra Civil estadounidense, que finalmente fue ahogada en sangre y dio lugar a una forma brutal de apartheid y supremacía blanca sistémica basada en el terror estatal contra la población negra de Estados Unidos. La Segunda Reconstrucción (1955–1970) constituyó la culminación, postergada durante mucho tiempo, de la revolución democrático-burguesa para la población negra estadounidense.

La lucha de masas para poner fin al apartheid dentro de Estados Unidos detonó otros movimientos masivos durante las décadas de 1960 y 1970: por los derechos de las mujeres y de millones de personas LGBTQ, por la protección ambiental, las normas de seguridad laboral, la accesibilidad para las personas con discapacidades y la representación política de las comunidades negras, latinas y otras comunidades oprimidas. La política y la vida social del país cambiaron profundamente. La mayor parte de la clase dominante se resignó a la nueva realidad. Sin embargo, un sector de extrema derecha trabajó durante décadas, principalmente entre bastidores, para llenar los tribunales y las legislaturas estatales de ideólogos derechistas. La llegada de Trump como dirigente “populista” y su segundo mandato en la Casa Blanca proporcionaron un vehículo popular a este movimiento semifascista de la clase dominante, aunque sus políticas reales no sean populares.

El programa de Trump y el movimiento MAGA constituyen un intento de “regresar” a una época en la que el control absoluto sobre toda la sociedad estaba en manos de quienes defendían el apartheid y la privación masiva de derechos de los 40 millones de afroestadounidenses y de la creciente población latina del país.

Trump, siguiendo la hoja de ruta trazada por el Proyecto 2025 (Project 2025) y los sectores más derechistas del establishment político estadounidense, busca transformar radicalmente la forma de gobierno mediante el desmantelamiento de los derechos democráticos y la eliminación de toda regulación que obstaculice el control irrestricto de la sociedad por parte de las corporaciones capitalistas.

Por lo tanto, en el ámbito interno, Trump representa un intento de producir un cambio radical. Sin embargo, en el terreno de la política exterior estadounidense, sus acciones extremadamente agresivas se ajustan, al menos en cuestiones fundamentales, a las posiciones imperialistas ya existentes de Estados Unidos.

A pesar de sus rasgos erráticos y bufonescos, Trump también representa continuidad, más que ruptura, en lo que respecta al uso del poder militar y la coerción económica como herramientas centrales de la política exterior estadounidense.

La guerra contra Irán, el bloqueo de Cuba, el bloqueo naval de Venezuela y el secuestro de Maduro, el apoyo al genocidio israelí en Gaza y a la guerra contra el Líbano, y la venta de $40,000 millones en armas a Taiwán se basan en supuestos compartidos por demócratas y republicanos. Estas acciones representan una continuidad estratégica, no una ruptura con las posiciones consensuadas de la clase dominante.

En este artículo analizamos hasta qué punto Trump representa algo distinto en determinados ámbitos y, al mismo tiempo, una continuación de las políticas profundamente arraigadas de la clase dominante.

La supremacía blanca: ideología de Estado en Estados Unidos

Es posible que quienes viven fuera de Estados Unidos no comprendan plenamente hasta qué punto era absoluto el sistema de segregación racial en el país. Tras la derrota de la primera Reconstrucción (1865–1876), se erigió un sistema racializado de terrorismo. La violencia policial, el encarcelamiento masivo por infracciones menores y la violencia de las turbas operaban conjuntamente. Cerca de 7,000 personas fueron linchadas por turbas durante las décadas posteriores a la Guerra Civil. Los linchadores rara vez eran arrestados, y los pocos que lo eran resultaban absueltos por jurados compuestos exclusivamente por personas blancas. Los linchamientos eran acontecimientos cívicos en los que grandes multitudes de personas blancas celebraban en ambientes semejantes a días de campo mientras personas negras eran ahorcadas, golpeadas, baleadas y luego quemadas. Las personas negras que intentaban votar eran asesinadas sistemáticamente. En 1900, menos del 2% de la población negra de Mississippi votaba. En 1964, durante las últimas elecciones presidenciales antes de la aprobación de la Ley del Derecho al Voto de 1965 (Voting Rights Act of 1965), apenas el 5% de la población negra de Mississippi estaba registrada para votar.

La versión estadounidense del apartheid no consistía únicamente en la separación legal de las personas blancas y negras en los estados del Sur. La segregación era extrema y se imponía mediante métodos de terror y violencia ante cualquier intento de permitir que las personas negras vivieran fuera de zonas restringidas en todo el país. En Rochester, Nueva York, donde crecí, la comunidad negra representaba el 18% de una población de 300,000 habitantes en 1970. En la escuela secundaria pública de clase trabajadora a la que asistí, no había un solo estudiante negro entre los 2,000 alumnos. Mi padre era uno de los 55,000 trabajadores empleados por Eastman Kodak. Menos de 100 trabajadores negros laboraban en Kodak. A mediados de la década de 1960 se produjo en Rochester una rebelión de personas desempleadas. Se exigió que Kodak contratara al menos a 600 personas negras. La empresa se negó, lo que desencadenó una batalla de seis años antes de que se alcanzara un acuerdo para comenzar a contratarlas.

Quienes viven fuera de Estados Unidos probablemente no conozcan el término sundown towns, localidades de exclusión racial en las que las personas negras no podían permanecer después del anochecer. Para 1970, había alrededor de 10,000 de estas localidades en todas las regiones del país. Eran municipios o suburbios exclusivamente blancos que excluían a la población negra mediante leyes discriminatorias de vivienda, represión policial respaldada por el Estado y violencia extrajudicial ejercida por sus residentes blancos. Si una persona negra era encontrada en una de estas localidades después de la puesta del sol, podía ser arrestada o sufrir actos de violencia.

Este sistema de racismo y violencia extremos tenía un carácter social general, no se limitaba a estar codificado en las leyes de algunos estados del Sur. El racismo extremo era la norma, no la excepción. Vinculaba a los trabajadores blancos con sus patrones capitalistas blancos. Era la expresión más cruda de la colaboración de clases en Estados Unidos. El Movimiento por los Derechos Civiles – o Revolución por los Derechos Civiles – destruyó este statu quo y dio lugar a una enorme ampliación de los derechos democráticos y a otras luchas que limitaron los derechos, hasta entonces prácticamente absolutos, del capital.

Por supuesto, el racismo abierto es una característica central del fenómeno Trump. Trump y altos funcionarios de su administración presentan su campaña de deportaciones masivas como un esfuerzo por expulsar a quienes son “incompatibles con la civilización occidental”. Ha eliminado sistemáticamente el reconocimiento público de la historia de la esclavitud en instituciones controladas por el gobierno federal, como los parques nacionales y los sitios históricos. Incluso las publicaciones en redes sociales de las cuentas oficiales de su administración hacen alusiones descaradas a lemas de la propaganda nazi, como la publicación del Departamento del Trabajo de Estados Unidos (U.S. Department of Labor): “Una patria. Un pueblo. Una herencia”.

Es ampliamente conocida la prevalencia de las ideas racistas en Estados Unidos, originadas en el sistema esclavista y en el proceso de expansión colonial a través del continente norteamericano y más allá. Sin embargo, la supremacía blanca en Estados Unidos no debe entenderse únicamente en términos de actitudes sociales, sino como una ideología explícita de Estado que constituyó la base del régimen político que gobernó el país hasta ser derrotado por la Revolución por los Derechos Civiles de las décadas de 1950 y 1960.

Además de participar en el sistema esclavista como propietarios de otros seres humanos, los “padres fundadores” que establecieron el régimen eran defensores ideológicos declarados de la supremacía blanca. Basta considerar esta descripción repugnantemente racista de la población negra que aparece en las infames Notas sobre el estado de Virginia (Notes on the State of Virginia) de Thomas Jefferson: “En general, su existencia parece participar más de la sensación que de la reflexión. A esto debe atribuirse su inclinación a dormir cuando se ven privados de sus diversiones y no están ocupados en el trabajo. Un animal cuyo cuerpo está en reposo y que no reflexiona debe estar, naturalmente, inclinado a dormir”. En la medida en que el sistema de gobierno estadounidense se basaba en conceptos de la Ilustración como el consentimiento de los gobernados o la igualdad ante la ley, se entendía que estos se aplicaban exclusivamente a las personas blancas.

Esta actitud de la élite dominante no es una reliquia antigua que se descartó tras el fin de la esclavitud en 1865. Pensemos, por ejemplo, en Woodrow Wilson, presidente entre 1913 y 1921. Su padre fue capellán del ejército confederado y, durante su infancia, la familia Wilson era atendida por personas esclavizadas proporcionadas por su iglesia. En cuanto a sus actitudes racistas, Wilson es quizá más conocido por haber proyectado en la Casa Blanca la película El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation), que presenta al Ku Klux Klan como héroes que salvan a la población blanca del Sur de la “amenaza” de las personas negras recién liberadas tras la Guerra Civil. Sin embargo, es menos conocido que el propio Wilson aparece citado en la película.

Varias citas atribuidas a Wilson aparecen en la pantalla durante la película. Antes de entrar en la política, Wilson fue académico y presidente de la Universidad de Princeton, periodo durante el cual escribió el libro Historia del pueblo estadounidense (History of the American People). El cineasta D. W. Griffith cita a Wilson: “Los hombres blancos fueron despertados por un mero instinto de conservación, hasta que finalmente surgió un gran Ku Klux Klan, un verdadero imperio del Sur, para proteger al país sureño”.

El Klan es quizá la organización terrorista más infame de la historia estadounidense. También fue un movimiento político de masas, con simpatizantes en los niveles más altos del gobierno. Hubo varias encarnaciones del Klan a lo largo de la historia de Estados Unidos, comenzando con el esfuerzo por revertir mediante una violencia brutal el veredicto revolucionario de la Guerra Civil y deshacer el empoderamiento político y económico de la población negra del Sur durante la Reconstrucción. Sus métodos preferidos eran los asesinatos, las amenazas de muerte, los incendios provocados y la violencia de las turbas. Cuando el “segundo” Klan surgió a principios del siglo XX, mantuvo su oposición radical a todos los derechos de la población negra e incorporó un elemento nuevo en el centro de su atractivo ideológico: el odio contra los inmigrantes.

Trump está lejos de ser el primer demagogo de extrema derecha que utiliza el sentimiento antiinmigrante para promover su agenda. En su apogeo durante la década de 1920, el Klan llegó a contar con aproximadamente 5 millones de integrantes, en gran medida gracias a su llamado a defender los “valores estadounidenses” frente a la “influencia extranjera”. Aunque quizá no fuera miembro, el padre de Trump fue, como mínimo, simpatizante del movimiento: fue arrestado en 1927 durante un disturbio provocado por una marcha del Klan en la ciudad de Nueva York. Para la clase dominante, el Klan era un garrote que podía utilizarse contra el creciente y cada vez más revolucionario movimiento sindical de la época. Sin embargo, logró movilizar a amplios sectores de la clase media blanca y a algunos trabajadores blancos sobre la base de la supremacía blanca ideológica y la oposición a la inmigración.

El manual oficial del Ku Klux Klan restringía la afiliación a “hombres blancos, gentiles y nacidos en el país, ciudadanos de Estados Unidos de América, que no deban lealtad de ninguna naturaleza ni grado a ningún gobierno, nación, institución, secta, gobernante, persona o pueblo extranjero”. El manual continuaba: “Los Caballeros del Ku Klux Klan constituyen un movimiento dedicado a la necesaria tarea de desarrollar un auténtico espíritu de patriotismo estadounidense. Los miembros del Klan deben ser ejemplos de patriotismo puro. Deben organizar el sentimiento patriótico de los estadounidenses blancos, protestantes y nacidos en el país para defender las instituciones específicamente estadounidenses. Los miembros del Klan están comprometidos con el principio de que Estados Unidos debe hacerse estadounidense mediante la difusión de doctrinas estadounidenses, la propagación de ideales estadounidenses, la creación de un sentimiento estadounidense saludable y la preservación de las instituciones estadounidenses”.

El régimen de apartheid abierto en Estados Unidos fue derrotado por la lucha heroica del Movimiento por los Derechos Civiles durante las décadas de 1950 y 1960. La Ley de Derechos Civiles de 1964 (Civil Rights Act of 1964) y la Ley del Derecho al Voto de 1965 marcaron el fin de la negación de derechos por motivos raciales codificada legalmente. Este cambio en la estructura del sistema de gobierno estadounidense estuvo acompañado de una transformación ideológica: la defensa abierta de la supremacía blanca dejó de ser socialmente aceptable. Los llamados racistas debían incorporar un mínimo de negación plausible y expresarse mediante frases codificadas como “mano dura contra el crimen” (tough on crime) o “reinas de la asistencia social” (welfare queens). La creencia explícita en una jerarquía racial basada en la superioridad biológica fue expulsada de la corriente política dominante.

Para el sector más reaccionario de la población estadounidense, este cambio se percibió como una forma de opresión, una “censura” ejercida mediante la “corrección política”. Trump apela a esta corriente mediante comentarios abiertamente racistas que desafían el consenso social surgido de la Revolución por los Derechos Civiles. El trumpismo busca hacer retroceder el reloj hasta la época en la que reinaba la segregación de Jim Crow. Trump no solo pretende revertir las conquistas ideológicas de aquel periodo, sino que también ha avanzado para destruir sus logros jurídicos mediante el nombramiento de jueces que prácticamente han desmantelado la Ley del Derecho al Voto, incluso mediante un fallo histórico emitido en abril.

La falsa pose de enemigo de la élite

Trump se presenta como el defensor del “hombre y la mujer olvidados” que fueron abandonados por la economía globalizada. Prometió recuperar millones de empleos industriales mediante el uso de aranceles y promocionó políticas como “no cobrar impuestos sobre las propinas”, dirigidas a algunos de los trabajadores más precarios de la economía. Sin embargo, sus acciones reales en el gobierno benefician exclusivamente a los ultrarricos, quienes han recibido algunas de las mayores reducciones de impuestos de la historia estadounidense y tienen vía libre para maximizar las ganancias de las corporaciones que poseen gracias al desmantelamiento de las normas ambientales y de seguridad laboral. No obstante, Trump sería incapaz de movilizar a una masa suficiente de votantes si no adoptara esta pose populista. Está lejos de ser el primer político de la historia estadounidense que recurre a este enfoque.

Pensemos, por ejemplo, en Andrew Jackson, uno de los héroes personales de Trump. Jackson fue presidente entre 1829 y 1837 y suele ser descrito como el primer populista de la historia política estadounidense. Varias de sus políticas emblemáticas se utilizaron para movilizar un apoyo masivo. Jackson, por ejemplo, eliminó el banco central que existía entonces, el Segundo Banco de Estados Unidos (Second Bank of the United States). El banco era considerado una herramienta utilizada por los comerciantes adinerados y la naciente clase capitalista industrial para incrementar su riqueza y profundizar la desigualdad. Tras la reciente eliminación en la mayoría de los estados de los requisitos de propiedad para votar – lo que significaba que casi todos los hombres blancos podían participar en las elecciones –, Jackson también impulsó campañas electorales destinadas a generar un amplio atractivo y adoptó una retórica en defensa del “hombre común”.

Sin embargo, no cabe duda de que los principales beneficiarios de la presidencia de Jackson fueron los ricos y poderosos. Aunque no nació en una familia adinerada, para cuando alcanzó un cargo político ya formaba parte de la élite esclavista del Sur y mantenía esclavizadas a más de 100 personas. Defendió ferozmente este sistema y utilizó el poder presidencial para reprimir a los grupos abolicionistas que empleaban el servicio postal federal para enviar literatura contra la esclavitud al Sur. También quería que los funcionarios del servicio postal publicaran los nombres de quienes se suscribían a publicaciones abolicionistas para que pudieran ser blanco de la violencia de las turbas.

Jackson también es tristemente célebre por su liderazgo personal en el genocidio contra los pueblos indígenas. Como coronel de la milicia de Tennessee, comandó tropas durante la llamada “Guerra Creek” contra el pueblo muscogee en Alabama y Georgia, lo que culminó en el despojo de sus tierras en medio de muertes y sufrimientos masivos provocados por sus hombres. Cuando obtuvo el poder presidencial, sus crímenes adquirieron una magnitud aún mayor. En 1830, Jackson promulgó la Ley de Traslado Forzoso de los Indígenas (Indian Removal Act), que ordenó la limpieza étnica de todos los pueblos indígenas situados al este del río Mississippi. Esto dio lugar a la marcha de la muerte conocida como el “Sendero de Lágrimas” (Trail of Tears) desde el sureste de Estados Unidos.

¿Quién se benefició de este genocidio? Los esclavistas que establecieron plantaciones en los territorios robados a los pueblos indígenas y los especuladores inmobiliarios que compraron enormes extensiones de tierra. Sin embargo, Jackson sabía que, para producir este tipo de beneficios para su propia clase elitista, necesitaba cultivar una base de apoyo masiva entre los sectores bajos e intermedios de la población.

Este tipo de figura también aparece a lo largo del siglo XX. Charles Coughlin condujo quizá el programa de radio más popular del país y fue un pionero en el uso de la tecnología moderna para la agitación política. Coughlin era un sacerdote católico, ampliamente conocido como “el sacerdote de la radio”, y fundó organizaciones fascistas como la llamada Unión Nacional para la Justicia Social (National Union for Social Justice) y el Frente Cristiano (Christian Front). Alcanzó notoriedad durante la Gran Depresión, primero como partidario y posteriormente como enemigo acérrimo de Franklin Roosevelt y el Nuevo Trato (New Deal). Su programa apelaba a la profunda indignación contra el injusto orden capitalista que se extendía por la sociedad y exigía la nacionalización de “la banca, el crédito y la moneda, la energía, la electricidad, el petróleo, el gas natural y nuestros recursos naturales otorgados por Dios”, junto con un aumento considerable de los impuestos sobre las enormes fortunas de los ricos.

Sin embargo, ¿a quién responsabilizaba Coughlin por el sufrimiento impuesto a la clase trabajadora? No a la clase capitalista que la saqueaba y la sometía al desempleo masivo. Coughlin culpaba a los judíos, a quienes también atribuía el crecimiento del movimiento comunista. Era un defensor abierto de Hitler y del fascismo internacional. Este tipo de búsqueda de chivos expiatorios tiene eco hoy en las afirmaciones de Trump de que una “invasión” de “inmigrantes ilegales”, junto con las maniobras de los “globalistas”, son responsables de la desaparición de los empleos industriales que permitían sostener a una familia.

El gobernador de Alabama George Wallace fue la principal figura del movimiento segregacionista más intransigente, que pretendía oponerse a la igualdad racial hasta el final. Al igual que Trump, utilizó trucos retóricos para presentar a los movimientos populares por la justicia como obra de una élite liberal manipuladora. Wallace afirmaba que el Movimiento por los Derechos Civiles era una conspiración de “intelectuales de cabeza puntiaguda” empeñados en imponer su modo de vida al Sur. En las elecciones de 1968, Wallace se presentó como candidato de un tercer partido y defensor de la segregación racial absoluta. Ganó en cinco estados: Alabama, Luisiana, Mississippi, Georgia y Arkansas. Sin embargo, su campaña también tuvo popularidad en los estados del Norte. Más de 25,000 personas llenaron el Madison Square Garden, en el corazón de Manhattan, cuando Wallace habló allí durante la campaña de 1968.

Durante su campaña presidencial de 1976, dijo a un público: “Ustedes, las personas de la pequeña clase media, pagan un precio alto por todo […] Pero mediante el impuesto sobre la renta eximimos a la Fundación Ford y sus miles de millones, eximimos a la Fundación Rockefeller y sus cientos de millones, y a los Carnegie, los Mellon y todos ellos mediante estos refugios fiscales, mientras ustedes, los trabajadores, los agricultores y los pequeños empresarios y empresarias pagan los impuestos”.

Uno de los precursores más inmediatos del movimiento de extrema derecha de Trump es Pat Buchanan. Después de desempeñarse como uno de los principales propagandistas derechistas de las administraciones Nixon y Reagan, Buchanan se presentó a la presidencia en las elecciones de 1992, 1996 y 2000. Sin embargo, rompió con el consenso neoliberal que prevalecía en ambos partidos principales. Al anunciar su campaña de 2000, lamentó “el desmantelamiento del imperio industrial más poderoso que el mundo haya conocido. Pieza por pieza, empleo por empleo, fábrica por fábrica, está siendo trasladado a tierras extranjeras. El camino de baldosas amarillas que una vez condujo a decenas de millones de estadounidenses pobres y trabajadores hacia la clase media yace en ruinas”.

Sin embargo, para Buchanan esto no era un síntoma de un orden económico basado en la maximización de las ganancias por encima de cualquier otra consideración. Lo consideraba parte de la decadencia de la civilización occidental. En su libro de 2002 La muerte de Occidente (Death of the West), escribió: “Mientras los pueblos occidentales han comenzado a desaparecer, las habitaciones vacías de la Casa de Occidente no permanecerán desocupadas por mucho tiempo. En Estados Unidos, los lugares preparados para los 40 millones de no nacidos perdidos desde Roe v. Wade han sido ocupados por los pobres agradecidos de Asia, África y América Latina. Mientras los europeos renuncian a tener hijos, los lugares preparados para ellos también serán ocupados por extraños”.

Hoy esta tesis se conoce como la teoría del gran reemplazo y anima a los movimientos de extrema derecha de toda Europa, así como al trumpismo.

Trump y los objetivos estratégicos del imperio estadounidense

Pese a toda su retórica en sentido contrario, el aspecto de la presidencia de Trump que coincide plenamente con las acciones de sus predecesores es su compromiso con la guerra y la agresión en todo el mundo al servicio de los grandes bancos y corporaciones que dominan la economía estadounidense. Trump forma parte de una larga sucesión de presidentes estadounidenses que han intentado utilizar una fuerza militar abrumadora para dominar todas las regiones del planeta.

Desde sus primeros años, el gobierno estadounidense libró guerras constantes de expansión colonial hacia el oeste a través del continente norteamericano. Esta tendencia se intensificó después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos surgió como la principal superpotencia capitalista y asumió la responsabilidad de administrar los asuntos de todo el bloque imperialista mediante instituciones como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (North Atlantic Treaty Organization, NATO). Durante la llamada Guerra Fría, Estados Unidos libró guerras genocidas de varios años contra los pueblos de Corea y Vietnam. También llevó a cabo constantes operaciones militares de menor duración, pero no menos imperialistas: el Líbano, Cuba, República Dominicana, Granada, Panamá y muchos otros países fueron atacados. A esto se sumaron los golpes de Estado y otras formas de intervención encubierta que provocaron un sufrimiento inmenso, como la imposición del sha de Irán en 1953, el golpe contra el presidente guatemalteco democráticamente electo Jacobo Árbenz en 1954 o el golpe contra Salvador Allende en Chile, que llevó al poder al régimen fascista de Pinochet. Esta política no se detuvo tras la caída de la Unión Soviética, como demuestran los ataques contra Yugoslavia, Afganistán, Irak, Libia, Yemen, Pakistán, Somalia, Siria y otros países.

Aunque los medios corporativos y otras instituciones poderosas conservan una capacidad considerable para fabricar el consentimiento a favor de las intervenciones estadounidenses en el extranjero, su control sobre la opinión pública se está debilitando. La población está harta de las guerras interminables. La experiencia de las guerras en Irak y Afganistán ha demostrado que lo que los políticos venden como una operación rápida puede convertirse fácilmente en una ocupación indefinida. Decenas de miles de soldados de la era de la “guerra contra el terrorismo” han regresado con lesiones físicas y psicológicas incapacitantes, si es que lograron regresar. También aumenta la conciencia sobre la enorme carga que la maquinaria de guerra impone a las finanzas públicas, ya que un presupuesto militar en constante expansión consume fondos que podrían utilizarse para aliviar las dificultades que enfrenta la clase trabajadora.

Trump percibió este sentimiento cuando se presentó por primera vez en las elecciones de 2016 y, desde entonces, ha intentado mantener la apariencia de ser un “presidente de la paz”. Critica a sus rivales por iniciar guerras interminables y se presenta como una figura tan poderosa que el resto del mundo simplemente se someterá a sus órdenes sin ofrecer demasiada resistencia. Sin embargo, en realidad, Trump ha demostrado ser tan belicista como todos sus predecesores y utiliza un lenguaje abiertamente colonial que no se había escuchado durante generaciones en la política dominante estadounidense.

El carácter descaradamente falso de los llamados electorales de Trump ha quedado plenamente expuesto por sus acciones desde que regresó al poder. Además de continuar respaldando el genocidio israelí en Gaza, promulgó una nueva “Estrategia de Seguridad Nacional” que declaró a todo el hemisferio occidental dominio exclusivo de Washington. Inició una campaña de asesinatos contra pequeñas embarcaciones en el Caribe y en la costa del Pacífico de América del Sur, y posteriormente escaló hasta lanzar un ataque total contra Venezuela para secuestrar al presidente del país, Nicolás Maduro. Ha proferido repetidas amenazas de guerra contra Cuba mientras endurece el cruel bloqueo. Ni siquiera Groenlandia está a salvo de las desquiciadas ambiciones coloniales de Trump.

Todo esto se suma, por supuesto, a su guerra contra Irán. El brutal bombardeo de Irán ha cobrado la vida de miles de personas y ha desatado un conflicto que causa devastación en todo Oriente Medio, especialmente en el Líbano a manos del ejército israelí abastecido por Estados Unidos. Trump continúa atrapado en un atolladero, incapaz de obligar a Irán a aceptar concesiones indignantes, pero sin estar dispuesto a admitir la derrota. El tránsito por el estrecho de Ormuz sigue interrumpido y la economía mundial ha sido sumida en el caos.

Una clara mayoría de la población estadounidense se opone a las guerras de Trump. Una encuesta realizada a finales de marzo demuestra que son más las personas que se oponen a que Estados Unidos emprenda acciones militares en Venezuela e Irán que quienes las apoyan. La misma encuesta reveló que, respecto a las principales intervenciones de los últimos años – las guerras contra Afganistán, Libia e Irak –, más personas consideran que la intervención militar estadounidense fue incorrecta que correcta.

Cuando parecía que la sucesión de guerras de Trump estaba teniendo éxito, la oposición de la clase dominante fue moderada. Incluso muchas de las personas que lo criticaban por cuestiones internas aplaudieron el secuestro de Maduro o, al menos, expresaron admiración por el poder militar de alta tecnología desplegado durante la operación. Durante un breve periodo, los administradores del imperio estadounidense esperaron que una serie de demostraciones de fuerza militar abrumadora pudiera detener y revertir el lento declive del poder imperial estadounidense. Sin embargo, la guerra contra Irán pronto se convirtió en un desastre humillante. Aunque el país sufrió daños graves y la muerte de numerosos dirigentes, el sistema político iraní demostró ser resistente. Irán afirmó su control sobre el estrecho de Ormuz pese a la enorme disparidad de poder militar entre ambos bandos. El comportamiento errático de Trump durante la guerra también desacreditó profundamente a su administración.

Por último, es necesario distinguir la retórica de Trump sobre la NATO de la política real de su administración. Es cierto que realiza con frecuencia comentarios públicos críticos contra la alianza e incluso plantea la posibilidad de abandonarla. Sin embargo, estos comentarios han servido principalmente para intimidar a los socios subordinados de Estados Unidos dentro de la NATO y obligarlos a aumentar drásticamente su gasto militar para cumplir metas cada vez más elevadas de gasto en defensa como porcentaje del producto interno bruto (PIB). Gracias a la administración Trump, la NATO se está convirtiendo en una maquinaria militar aún más poderosa, lo que constituye tanto una grave amenaza para la paz mundial como una lucrativa oportunidad comercial para los fabricantes estadounidenses de armas.

El pueblo se niega a volver atrás

Aunque Trump alcanzó la presidencia impulsado por una corriente política cuyas raíces se remontan a las primeras etapas de la historia estadounidense, esto no significa que la mayoría de la sociedad comparta sus ideas.

Trump ganó las elecciones de 2024 dentro de un sistema bipartidista en el que su oponente estaba completamente desacreditado. Primero se enfrentó a Joe Biden, cuyo fracaso ante la crisis inflacionaria le había valido un rechazo generalizado en la sociedad y cuyo apoyo al genocidio en Gaza había alejado a sectores progresistas cuyos votos eran necesarios para formar una mayoría electoral capaz de derrotar a Trump. Después de que la incapacidad mental de Biden quedara expuesta de manera humillante durante su debate con Trump, fue sustituido por la vicepresidenta Kamala Harris, asociada con todos los fracasos de la administración Biden y que dispuso de apenas unos meses para hacer campaña.

La mayoría de la población estadounidense respalda propuestas como un sistema universal de salud, la cancelación de la deuda estudiantil, la ampliación de los derechos sindicales y otras medidas progresistas. El matrimonio igualitario y el derecho al aborto cuentan con un apoyo abrumador. Una proporción considerable, quizá incluso la mayoría, de la juventud tiene una opinión favorable del socialismo. Además, la mayoría de la población estadounidense rechaza la sucesión de guerras que Trump ha iniciado o pretende iniciar en todo el mundo. Sus niveles de aprobación rondan el 40% y probablemente continuarán disminuyendo.

La misión del movimiento de extrema derecha agrupado en torno a Trump es revertir las conquistas obtenidas durante dos periodos fundamentales de avances progresistas en la historia estadounidense: el Nuevo Trato de la década de 1930 y el Movimiento por los Derechos Civiles de las décadas de 1950 y 1960. Aunque su administración ha avanzado en esta dirección, la respuesta popular ha sido masiva. Desde que Trump regresó al poder, han estallado repetidamente enormes protestas en las que han participado millones de personas y, de manera acumulada, decenas de millones. Desde la lucha contra las deportaciones masivas y las protestas del Día Sin Reyes (No Kings Day) hasta la huelga general de Minneapolis del 23 de enero de 2026, seguida del Paro Nacional (National Shutdown) del 30 de enero de 2026, y las movilizaciones del Primero de Mayo y posteriores, el movimiento contra Trump continúa fortaleciéndose como expresión de la posición sostenida por la mayoría de la población estadounidense.

Aunque Trump espera hacer retroceder el reloj, su ofensiva total contra los derechos sociales y económicos fundamentales podría terminar consiguiendo exactamente lo contrario. Cada vez más personas, especialmente jóvenes, están llegando a la conclusión de que debe acabarse todo el sistema de dominio de la clase multimillonaria. Esto podría abrir un periodo de lucha aún más profundo que todo lo que hemos presenciado hasta ahora.

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