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El memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán y los límites del poder imperial estadounidense

El memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán marca el fin de la guerra estadounidense-israelí contra Irán, una guerra que no logró ninguno de sus objetivos declarados. Trump y Netanyahu se propusieron desarmar a Irán, derrocar a su gobierno y reconfigurar la región en beneficio propio, y el mundo entero los vio fracasar en cada uno de esos objetivos. Irán ha salido fortalecido de la guerra, con su gobierno intacto y una posición geoestratégica más favorable, mientras que Estados Unidos se ha visto obligado a aceptar condiciones que durante años se negó siquiera a considerar. El ejército más poderoso del planeta bombardeó un país durante más de tres meses y no pudo imponer su voluntad. Esta guerra será recordada como una derrota geoestratégica del imperialismo estadounidense.

El 17 de junio, Donald Trump suscribió un memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán. El acuerdo pone fin provisionalmente a más de cien días de una guerra estadounidense-israelí iniciada a finales de febrero, que mató a miles de civiles en Irán y a más de 3,000 personas en el Líbano, expulsó de sus hogares a más de un millón de personas y provocó una destrucción generalizada en ambos países.

El memorando contiene catorce puntos. Declara “la terminación inmediata y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluido el Líbano” y obliga a cada Estado a “respetar la soberanía y la integridad territorial del otro”. Establece un plazo de sesenta días para alcanzar un acuerdo definitivo. Estados Unidos deberá levantar su bloqueo naval en un plazo de treinta días, mientras que Irán, empleando “todos sus esfuerzos”, permitirá “el paso seguro de buques comerciales sin costo alguno, únicamente durante 60 días” por el estrecho de Ormuz e iniciará conversaciones con Omán y los Estados del Golfo sobre la “futura administración y los servicios marítimos” del estrecho. Washington se compromete con un plan de reconstrucción de “al menos $300,000 millones”, promete “poner fin a todo tipo de sanciones” y suspenderá las sanciones contra las exportaciones de petróleo, además de liberar los fondos iraníes congelados una vez que se implemente el acuerdo. Irán “reafirma que no adquirirá ni desarrollará armas nucleares” y acepta reducir el nivel de enriquecimiento de sus reservas “in situ y bajo la supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica (International Atomic Energy Agency, IAEA)”. Las cuestiones pendientes se aplazan hasta las negociaciones, y el acuerdo definitivo deberá ser “respaldado por una resolución vinculante del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (United Nations Security Council, UNSC)”.

Los objetivos declarados de la guerra eran destruir las fuerzas armadas de Irán, poner fin a su programa nuclear y derrocar a su gobierno. Ninguno de ellos se logró. El Estado iraní sobrevivió con su soberanía intacta, y el documento que Washington acaba de firmar concede a Teherán más que el acuerdo que Trump abandonó en 2018. La injusticia de la guerra es indiscutible y no es necesario reiterarla aquí. Lo que el acuerdo pone de manifiesto – y lo que la clase dominante preferiría mantener oculto – son los verdaderos límites del poder estadounidense en un mundo en transformación.

La consecuencia de mayor alcance de la guerra, y la primera gran demostración de los límites del poder de Washington, es la conmoción que provocó en el capitalismo mundial. Sus efectos perdurarán mucho más allá del alto el fuego y Estados Unidos, pese a todo su poderío militar, no pudo contenerlos ni convertirlos en una ventaja propia. El cierre casi total del Golfo al transporte de energía, junto con el bloqueo naval estadounidense de los puertos iraníes, elevó el precio del petróleo por encima de los $100 por barril y transmitió esa conmoción a una economía mundial que esperaba un año de disminución de la inflación y recuperación del crecimiento. El Banco Mundial, que a principios de año se preparaba para revisar al alza sus previsiones, tuvo que reducirlas y ahora proyecta que el crecimiento mundial se desacelerará hasta acercarse al 2.5%. La inflación en Estados Unidos ha vuelto a superar el 4%, y los bancos centrales que se preparaban para reducir las tasas de interés las han aumentado, una medida que afecta especialmente a la clase trabajadora y a los gobiernos fuertemente endeudados de las naciones oprimidas. Como siempre, los costos de la guerra se han transferido a los trabajadores – en la gasolinera, en el supermercado y mediante las decenas de miles de millones de fondos públicos destinados a la maquinaria de guerra en lugar de la vivienda, la atención médica o los salarios –.

Más allá del impacto inmediato sobre los precios, la guerra ha acelerado una reconfiguración de mayor alcance de la economía mundial. Los cambios que ya estaban en marcha en el orden energético mundial han cobrado velocidad. Los países importadores de Asia y Europa, cuya vulnerabilidad quedó expuesta por su dependencia de la energía del Golfo, están diversificando sus fuentes de suministro, y la crisis ha acelerado la transición hacia la energía solar, eólica y nuclear. El principal beneficiario es China, que domina la producción de las turbinas, los paneles, las baterías y la tecnología de redes eléctricas que requiere esta transición. Analistas citados por el New York Times concluyeron que China “parece ser la ganadora absoluta”, mientras Estados Unidos, cuyo gobierno ha comenzado a cancelar proyectos nacionales de energía renovable, cede ese terreno a su principal rival. La guerra también ha fracturado el bloque de productores de petróleo alineado con Estados Unidos: los Emiratos Árabes Unidos abandonaron el cartel OPEP+ y Arabia Saudita se ha acercado a Rusia. Pese a toda la destrucción que provocó en el extranjero, la guerra ha debilitado la posición del imperialismo estadounidense en la economía mundial y fortalecido a los países que Washington considera sus principales competidores.

Los términos del acuerdo ofrecen una confirmación adicional. El propio memorando ordena al Departamento del Tesoro de Estados Unidos (U.S. Department of the Treasury) suspender, con efecto inmediato tras la firma, las sanciones contra las exportaciones de petróleo iraní y contra los servicios bancarios, de seguros y de transporte marítimo relacionados. También compromete a Washington a “poner fin a todo tipo de sanciones”, de acuerdo con un calendario que se establecerá en el acuerdo definitivo, y a financiar la reconstrucción. De los aproximadamente $100,000 millones en activos iraníes congelados mediante las sanciones estadounidenses, cerca de $24,000 millones serán liberados durante el periodo de negociación, según el Wall Street Journal y medios estatales iraníes. En comparación con el acuerdo que Trump abandonó, este es un resultado extraordinario. El Plan de Acción Integral Conjunto de 2015 (Joint Comprehensive Plan of Action, JCPOA) restituyó activos iraníes y alivió las sanciones a cambio de severas restricciones al programa nuclear de Irán y de inspecciones invasivas. El marco que ahora está sobre la mesa levanta las sanciones de manera más amplia, restablece de inmediato las exportaciones de petróleo y añade un compromiso de reconstrucción que el acuerdo anterior nunca incluyó, todo ello mientras las reservas de uranio enriquecido permanecen en manos de Irán. Un analista del Consejo Atlántico (Atlantic Council) describió el alivio de las sanciones como mucho más amplio que el dispuesto durante la administración Obama. Trump denunció el JCPOA como una capitulación, se retiró del acuerdo e inició una guerra para sustituirlo por uno más severo, solo para terminar produciendo un marco que incluso sus propios aliados consideran una derrota. Al iniciar la guerra, Washington le concedió a Irán un resultado más favorable que el que ofrecía la vía diplomática que había rechazado.

Sin embargo, el carácter de lo que Irán ha conquistado debe entenderse dentro del contexto más amplio de décadas de agresiones estadounidenses contra su soberanía. Los activos que se están liberando son fondos iraníes: los ingresos procedentes de las propias ventas de petróleo de Irán y sus reservas nacionales, confiscados y retenidos por Estados Unidos mediante su control del sistema del dólar y de la banca internacional que vigila. El propio Trump reconoció que el dinero debía ser devuelto y admitió que, de lo contrario, nadie volvería a confiar en el dólar. Lo que Trump presenta como generosidad estadounidense es una devolución muy parcial de la riqueza que el imperialismo se apropió en primer lugar. La transacción ilustra, a pequeña escala, la relación fundamental entre los países imperialistas y las naciones que subordinan. Una nación oprimida debe librar una guerra o someterse a años de negociaciones simplemente para recuperar una fracción de lo que ya le pertenece. Irán ha salido de la guerra con más de lo que ofrecía el JCPOA y, al mismo tiempo, con solo una parte de lo que le fue arrebatado. Ambas cosas son ciertas y, en conjunto, describen la desigualdad extrema y el desequilibrio de poder que definen el sistema imperialista mundial.

La cuestión nuclear, que supuestamente motivó la guerra, ilustra el mismo doble estándar. Trump ha presentado el acuerdo como una garantía de que Irán nunca obtendrá un arma nuclear. Irán nunca ha intentado obtenerla. Es signatario del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (Treaty on the Non-Proliferation of Nuclear Weapons, NPT), su dirigencia ha sostenido durante mucho tiempo que no tiene intención de construir tales armas y el nuevo marco no hace más que reiterar un compromiso que Teherán asumió por primera vez en 1970. El Estado que exige esta abstención mantiene un arsenal activo de aproximadamente 3,700 ojivas nucleares, de las cuales unas 1,770 están desplegadas y listas para ser lanzadas, mientras otras 1,930 se mantienen en reserva. Su inventario total supera las 5,000 ojivas si se incluyen las retiradas que esperan ser desmanteladas, según la Federación de Científicos Estadounidenses (Federation of American Scientists, FAS) y el Boletín de los Científicos Atómicos (Bulletin of the Atomic Scientists). Estados Unidos sigue siendo el único país que ha utilizado armas nucleares contra poblaciones civiles. El orden de no proliferación no restringe a las potencias nucleares. Preserva su monopolio y permite que el Estado más fuertemente armado del planeta libre una guerra contra un país que no posee tales armas, en nombre del desarme.

La guerra también ha aclarado la verdadera jerarquía dentro de la alianza entre Estados Unidos e Israel. Con frecuencia se afirma que la política israelí determina la política estadounidense y que la potencia subordinada impone las condiciones a la potencia dominante. El desarrollo de esta guerra y su desenlace indican lo contrario. Israel combatió junto a Estados Unidos, pero no se le mostró el texto del acuerdo; Trump lo reprendió públicamente por sus bombardeos contra el Líbano y Washington desestimó su posición respecto a las cuestiones centrales del acuerdo. En todo el establishment político israelí, desde la administración actualmente en el poder hasta los partidos de oposición, el acuerdo se considera una derrota estratégica. Incluso antiguos funcionarios reconocen que Irán salió fortalecido de la guerra e Israel, debilitado. Israel no quería este resultado y no pudo impedirlo, lo que demuestra con la mayor claridad posible que Washington es la potencia decisiva de la relación. Esto no reduce la responsabilidad de Estados Unidos por las acciones de Israel. Los aviones de combate, las bombas y el financiamiento que sostienen la continua agresión contra el Líbano son estadounidenses, y las fricciones públicas entre Trump y Netanyahu no cambian nada de esto. Esas fricciones solo aclaran qué Estado es el socio dominante y cuál es el subordinado.

Sin embargo, la misma potencia que demostró ser decisiva frente a su aliado más cercano no pudo imponer su voluntad a su adversario. Este es el significado central del desenlace de la guerra. Estados Unidos posee las fuerzas armadas más poderosas de la historia y dirigió ese poder contra Irán durante más de tres meses, con la intención declarada de desarmar al país, derrocar a su gobierno y reorganizar la región a su alrededor. No logró nada de esto. No pudo obligar a Irán a entregar su material nuclear, no pudo desalojar al gobierno ni reabrir el estrecho de Ormuz bajo sus propias condiciones. Al final, compró un alto el fuego ofreciendo concesiones económicas más generosas que aquellas de las que se había retirado en 2018. La supremacía militar no se tradujo en una victoria política. Los límites del poder estadounidense han quedado demostrados en la práctica y ahora son visibles para los pueblos de todo el mundo, entre quienes el prestigio de Washington se desplomó durante el transcurso de la guerra.

Nada de esto debe interpretarse como un giro hacia la paz. En los días posteriores al anuncio, Trump viajó a la cumbre del G7 en Évian, donde los dirigentes de las demás potencias imperialistas no cuestionaron la guerra ni sus muertos, sino que lo felicitaron y dieron a entender que, una vez resuelta la cuestión de Irán, podía dirigir su atención hacia la confrontación con Rusia. La resolución de una guerra se trata como una forma de despejar la agenda para la siguiente. Trump es, en muchos aspectos, un actor errático y personalista, indiferente a las doctrinas del establishment de la política exterior, y fue en parte su propia imprudencia la que llevó la guerra al borde del abismo antes de que decidiera retroceder. Pero el impulso hacia la guerra no nace de su temperamento. Es estructural, se arraiga en las necesidades del imperialismo estadounidense y persiste independientemente de quién ocupe la Casa Blanca. El mismo establishment que no hizo nada para impedir que Trump iniciara esta guerra tampoco hará nada para impedir que el sistema inicie la próxima. Lo que obligó a Washington a retroceder fue la presión de un sentimiento antiguerra masivo dentro y fuera de Estados Unidos, junto con un costo económico que Washington demostró no estar dispuesto a seguir pagando. Esa presión sigue siendo la única fuerza que ha demostrado ser capaz de imponer límites a la maquinaria de guerra. Las tareas y exigencias que tenemos por delante son las siguientes: el fin total y permanente de los bombardeos contra el Líbano y la retirada de las fuerzas israelíes; el levantamiento completo de las sanciones que libran una guerra económica contra el pueblo iraní; y la devolución incondicional de los activos congelados de Irán. El movimiento que ayudó a imponer este retroceso debe continuar la lucha para cerrar cualquier camino que conduzca nuevamente a la guerra.

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