Manifestantes celebran tras el anuncio de cargos contra los seis agentes implicados en el asesinato de Freddie Gray. Crédito: Flickr/talkmedianewsphotoarchives (CC BY-NC-SA 2.0)
Este abril se cumple el décimo aniversario del asesinato de Freddie Gray y de la posterior rebelión contra la brutalidad policial en Baltimore. Quienes vivieron en la ciudad en ese momento no olvidarán jamás la rabia, el dolor y la energía revolucionaria que inundaron las calles durante esas semanas. La verdad completa sobre lo que le ocurrió a Gray, sobre lo que pasó en la rebelión y sobre el papel del gobierno municipal y los medios locales para encubrirlo todo, solo se conocería con el paso de las semanas, meses y años.
La vida de Gray reflejaba la de muchos residentes Negros de Baltimore. Fue acosado y golpeado en múltiples ocasiones por la policía, creció en viviendas con pintura con plomo que lo envenenó desde niño y vivía en una zona abandonada por las autoridades municipales, marcada por la pobreza generalizada. Sus amigos, familiares y vecinos lo recordaban como alguien que hacía reír, un caballero, alguien que siempre intentaba alegrarle el día a los demás. Tuvo algunos problemas con la ley, pero como dijo uno de sus vecinos al Baltimore Sun en aquel entonces: “La policía ya decidió quiénes somos.”
El pueblo Negro de Baltimore se levantó por Freddie Gray
El 12 de abril de 2015, Gray supuestamente hizo contacto visual con un policía mientras buscaba algo para desayunar con dos amigos. Al instante comenzó a correr y tres agentes en bicicleta lo persiguieron. Lo atraparon, lo tiraron al suelo de cara y le torcieron las piernas hacia atrás. Testigos aseguran que también lo electrocutaron con una pistola taser, aunque el Departamento de Policía de Baltimore (BPD) lo negó. Un vecino, Kevin Moore, grabó cómo Gray gritaba de dolor mientras lo empujaban al interior de una camioneta policial. La furgoneta se detuvo a la vuelta de la esquina, y los agentes lo sacaron para “completar el proceso de arresto.” Testigos afirman que allí lo electrocutaron otra vez, le encadenaron los tobillos y lo lanzaron de cabeza al vehículo. La policía negó haberlo electrocutado o arrojado. Según su versión, hicieron cuatro paradas más antes de llevar a Gray al hospital, inconsciente, con el cuello fracturado y la médula espinal comprimida. Murió una semana después.
En las semanas siguientes, las protestas espontáneas lideradas por su familia y vecinos evolucionaron en un movimiento de masas que captó la atención mediática nacional. Cuando las manifestaciones llegaron al centro turístico de la ciudad, el gobernador Larry Hogan envió tropas estatales a Baltimore y prohibió las licencias para la policía hasta que todo se calmara. Muchos manifestantes fueron detenidos esa primera semana, antes de que se lanzara siquiera una piedra. La tensión estalló cuando las protestas llegaron al estadio de béisbol. Después de que aficionados blancos y clientes de bares hostigaran a manifestantes Negros y las fuerzas de seguridad no intervinieran, algunas personas rompieron vidrios de patrullas y arrojaron piedras. Luego, la policía atacó tanto a manifestantes como a miembros de la prensa. A partir de allí, todos los ojos se posaron sobre Baltimore, y la historia dominó el ciclo noticioso.
El BPD se valió de redes sociales y de la prensa para manipular la narrativa pública, difundiendo acusaciones falsas de que pandillas de Baltimore se habían aliado para asesinar policías, y circulando rumores sobre adolescentes que planeaban un “purga”,o día sin ley, inspirado en las películas. Estas afirmaciones, luego desacreditadas, fueron usadas para justificar la represión y la criminalización masiva de jóvenes Negros. La violencia policial desatada fue lo que provocó la rebelión.
Al día siguiente se desplegó la Guardia Nacional y se impuso un toque de queda. Su aplicación fue abiertamente racista: mientras brutalizaban y arrestaban a manifestantes Negros en toda la ciudad, permitían que manifestantes blancos en el barrio de Hampden permanecieran en la calle sin consecuencias. Las calles solo comenzaron a calmarse el 1 de mayo, cuando la fiscal del estado Marilyn Mosby anunció cargos contra los seis agentes implicados en la muerte de Gray. El toque de queda se levantó y la Guardia Nacional se retiró la semana siguiente.
Victorias del levantamiento en Baltimore
La rebelión forzó a instituciones poderosas de Baltimore a ceder como nunca antes. Procesar a un agente es algo raro; procesar a seis por la muerte de una sola persona era inaudito. Aunque era un favorito del conservadurismo, el gobernador Hogan firmó una ley que creaba un grupo de trabajo para dotar a la policía de cámaras corporales. Aunque en la práctica las ventajas de estas cámaras no siempre se concretan — la policía controla los archivos y los agentes deciden cuándo activarlas —, fue una respuesta directa a la exigencia de transparencia y rendición de cuentas.
El levantamiento también llevó al Departamento de Justicia a investigar al BPD, lo que desembocó en un acuerdo legal conocido como decreto de consentimiento. La investigación confirmó lo que el pueblo Negro de Baltimore denunciaba: el BPD aplicaba prácticas inconstitucionales y racistas de forma sistemática. En los nueve distritos policiales de la ciudad, el número de paradas a peatones Negros superaba su proporción en la población. El decreto exigía, entre otras cosas, que el BPD limitara las detenciones y cacheos, tratara adecuadamente a jóvenes y personas con enfermedades mentales, respetara la libertad de expresión, investigara a fondo las denuncias de mala conducta y estableciera un grupo comunitario de supervisión con capacidad para proponer reformas.
Victorias erosionadas y traicionadas
Ninguno de los seis agentes acusados por la muerte de Gray fue condenado. El caso de la fiscalía fue insultante: se centraron en discutir si los agentes conocían el protocolo para poner cinturones de seguridad, en vez de exponer las contradicciones entre los testimonios y la versión policial. Investigaciones recogidas en el pódcast Undisclosed y ampliadas en el libro They Killed Freddie Gray (Mataron a Freddy Gray) de Justine Barron, revelaron que la fiscalía y el BPD ocultaron evidencia clave: testigos que vieron a los agentes usar fuerza en múltiples ocasiones, incluyendo relatos de que lo lanzaron de cabeza dentro de la camioneta en una de las paradas. Un impacto así es justo el tipo de lesión que le quitó la vida, pero las autoridades insistieron públicamente en que la herida mortal ocurrió durante el transporte.
A pesar de haber mal manejado la investigación, el BPD fue el organismo encargado de aplicar, revisar y reportar los avances del decreto de consentimiento. Hasta hoy sigue siendo difícil acceder a los datos sobre paradas y registros que debían hacer públicos. El grupo de supervisión comunitaria denunció tan recientemente como en diciembre de 2024 que el BPD solo entrega expedientes de mala conducta cuando los casos están a punto de prescribir. La ciudad sigue ignorando sus llamados a crear una Oficina Independiente de Responsabilidad Policial.
A pesar de las reformas, el BPD sigue aplicando fuerza excesiva contra personas Negras sin consecuencias. Muchos de los casos recientes comenzaron, como con Freddie Gray, cuando la víctima huía de los policías, lo cual termina siendo una condena a muerte por el simple miedo a una fuerza policial racista y letal. La lógica de la reforma policial parte de la idea de que el problema es falta de formación, de supervisión o de conocimiento legal. Pero los altos mandos —como el alcalde Brandon Scott y el comisionado Richard Worley— ni siquiera condenaron a un agente que apuntó con un arma a la sien de un hombre ya inmovilizado. Es claro que esa violencia no es un error, sino una función aprobada desde la cima del mando.
Pocos meses después del levantamiento, el concejal Nick Mosby propuso construir en Baltimore una academia policial al estilo de “Cop City.” El pretexto era el decreto de consentimiento, alegando que permitiría formar mejor a los agentes. Pero los documentos de diseño muestran otra cosa: el objetivo real es militarizar aún más la policía. El lugar propuesto para su construcción está en el extremo sur del campus de Coppin State, en un barrio mayoritariamente Negro, dentro del mismo distrito policial donde asesinaron a Freddie Gray y comenzaron las primeras protestas. Su costo estimado supera los 330 millones de dólares.
¿Cómo sería la justicia para el pueblo Negro de Baltimore?
Durante el levantamiento, el entonces presidente Obama comentó: “Cuando alguien toma una palanca y fuerza una puerta para saquear, no está protestando, no está haciendo una declaración.” Esa afirmación despreció la dignidad detrás de esos actos. La mayoría de los artículos tomados de negocios eran necesidades básicas como fórmula para bebés, papel higiénico o productos de limpieza. Reclamar esos bienes sin pagar fue una declaración: Baltimore negra tiene derecho a esas necesidades. Necesidades que los policías asesinos como los que mataron a Gray protegen como propiedad privada.
Freddie Gray ya no está, pero aún podemos luchar por el futuro que merecía — un futuro en el que Baltimore negra tenga la autodeterminación que le han negado por tanto tiempo. Un futuro donde nadie crezca siendo acosado por policías entrenados para criminalizarlos, y donde a todas las personas se les garantice lo básico: educación, salud, vivienda digna y segura, sin pintura con plomo. En ese futuro, cuando hablemos del “próximo Freddie Gray,” no será para nombrar a otra víctima, sino a otro joven querido por su comunidad, que hace reír a sus amistades y que deja un vacío cuando ya no está.



