AnalysisClimate CrisisEspañol

¡La catástrofe climática no es inevitable, podemos conquistar un futuro socialista!

Tina Landis es autora del libro Climate Solutions Beyond Capitalism.

Todas y todos vemos cómo se están desarrollando el cambio climático y la degradación ecológica, y todas y todos estamos atravesando un duelo —consciente o no— por la pérdida que está ocurriendo y por las crecientes dificultades que esto trae para todas las especies. Para combatir la desmoralización y la inacción, es crucial que entendamos cuáles son las verdaderas causas de raíz y las soluciones reales, y que no caigamos en señalar chivos expiatorios o culpar a las decisiones individuales de estilo de vida por el problema. La crisis que enfrentamos va mucho más allá de nuestras decisiones personales sobre cuántes hijes tenemos, qué consumimos o cómo nos transportamos. Es resultado del sistema económico bajo el cual vivimos y de las decisiones tomadas por la élite de la clase inversionista. Sin embargo, la narrativa dominante transmitida a través de la academia, los medios de comunicación y Hollywood tiende a difundir desinformación y desviar la culpa del sistema capitalista impulsado por el lucro, que es la verdadera causa de la crisis. El mito de la sobrepoblación es una de esas narrativas.

El concepto de sobrepoblación tiene sus raíces en los escritos del reverendo Thomas Malthus, un clérigo y economista de finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, quien teorizó que la sobrepoblación era la causa de todos los males de la sociedad. En consonancia con las campañas contra las personas pobres de su época, Malthus sostenía que las poblaciones humanas aumentarían de manera exponencial y superarían nuestra capacidad para alimentarnos, señalando como responsables a los sectores más vulnerables de la sociedad.

Karl Marx y Friedrich Engels criticaron en su momento la visión malthusiana por considerarla acientífica y carente de contexto histórico. Consideraban que la teoría de Malthus no tomaba en cuenta la naturaleza dialéctica de las sociedades para desarrollarse, avanzar y superar desafíos, e insistían en que no se puede separar la cuestión de la población de las estructuras sociales. Si bien Marx y Engels se centraron en los problemas económicos de la época en relación con la población, subrayaron que el contexto era clave y que las desigualdades existentes bajo el capitalismo podían superarse mediante la reorganización de la economía sobre una base socialista.

Engels, en su ensayo La situación de la clase obrera en Inglaterra, sostuvo que las ideas de Malthus eran un medio para que la burguesía inglesa justificara la desigualdad del sistema capitalista desviando la culpa hacia las personas pobres y sus decisiones reproductivas.

Desde entonces, esta ideología burguesa se ha seguido utilizando para culpar a las comunidades pobres y marginadas. El mito de la sobrepoblación ha sido usado como herramienta por colonizadores y élites dominantes para controlar los cuerpos de las mujeres mediante políticas racistas de esterilización forzada, programas antinatalistas, eugenesia y otras medidas de control poblacional impuestas al Sur Global y a comunidades racializadas de bajos ingresos en el Norte.

Aunque la teoría de Malthus surgió de los problemas económicos de su época en torno a un excedente de mano de obra y a cómo contener a las poblaciones pobres y trabajadoras, desde entonces su teoría de la sobrepoblación ha sido adoptada por fuerzas reaccionarias, así como por muchas personas de izquierda y ambientalistas, como si fuera un hecho relacionado con las crisis actuales.

Un ejemplo de ello es el informe de 1972 del Club de Roma, Los límites del crecimiento, que afirmaba que la sobrepoblación llevaría al colapso social en el corto plazo debido a que se superaría la capacidad de carga de los recursos planetarios. Esta teoría ha seguido siendo sostenida dentro del movimiento actual del “decrecimiento” y en círculos de izquierda que carecen de un análisis dialéctico y de clase sobre las verdaderas causas de la degradación ambiental y el cambio climático.

Desmontando los mitos

Muchos factores han influido en el crecimiento y la disminución de la población a lo largo de la historia humana, incluidos factores de clase, culturales, de género y materiales. En realidad, durante los últimos 50 años, las tasas de natalidad globales han disminuido drásticamente. La tasa total de fertilidad de la humanidad —es decir, el número promedio de hijes nacides durante los años reproductivos de una mujer promedio— ronda los 2.5 nacimientos, que es el nivel de reemplazo. Esto significa que el número de nacimientos vivos a nivel mundial se encuentra en una tasa apenas suficiente para reemplazar a sus madres y padres dentro de las expectativas de vida actuales.


Tasa de fertilidad, total (nacimientos por mujer) | Datos

Otro mito crucial que debemos desmontar es que la especie humana en su conjunto está causando la crisis ecológica y climática. En cambio, debemos mirar las causas de raíz de estas crisis y la clase social que permite que ocurran la producción de gases de efecto invernadero (GEI) y la destrucción ambiental.

Primero, veamos el aumento de los GEI, que es la principal causa del incremento de las temperaturas globales y de los fenómenos meteorológicos extremos.

La inmensa mayoría de los GEI proviene de la producción de energía, la industria, la producción agrícola, la deforestación y la conversión de tierras para la agricultura y el desarrollo inmobiliario, el transporte y los combustibles para calefacción y cocina utilizados en hogares y edificios.

Pensemos entonces en quién toma la mayoría de las decisiones sobre qué métodos se utilizan en todos estos sectores. Sí, hay muchos proyectos de pequeña escala en comunidades alrededor del mundo —algunos sostenibles y otros no—, pero el control de la mayor parte de la producción de la mayoría de las cosas que necesitamos para vivir está en manos de les dueñes de la industria: la clase multimillonaria.

Es la élite dominante la que determina si se seguirá produciendo energía y alimentando el transporte con combustibles fósiles. Es la clase inversionista la que decide cuántos acres de bosque se talan para abrir nuevas oportunidades económicas para sí misma. Son les propietaries de las grandes empresas agroindustriales quienes crearon el sistema industrial dependiente de químicos que permite la mercantilización de un sistema alimentario con fines de lucro.

Se puede argumentar que las regulaciones gubernamentales determinan estas cosas, pero esas regulaciones, cuando existen —y han sido debilitadas durante décadas—, no cambian el modelo económico que prioriza las ganancias por encima de todo ni el carácter de clase de quienes toman las decisiones. Nosotres, la mayoría trabajadora, no tenemos control sobre los mecanismos de la economía que impulsan la inmensa mayoría de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Ahora veamos la degradación ecológica. La biodiversidad es un estabilizador climático clave, en el que cada especie contribuye al funcionamiento del sistema que proporciona oxígeno, nutrientes y estabilidad al suelo, agua dulce, polinización, alimentos y medicinas y almacenamiento de carbono. Una mayor diversidad significa una mayor redundancia dentro de un ecosistema, lo cual asegura que el ecosistema sea más resiliente ante perturbaciones como incendios, sequías y otros factores de estrés.

La rápida pérdida de biodiversidad que está ocurriendo actualmente está directamente vinculada a las decisiones de la clase multimillonaria que busca ganancias. Su sistema de agricultura industrial es el principal culpable, junto con otros proyectos de desmonte de tierras. Tan solo 13 empresas son responsables de la mayor parte de la deforestación a nivel mundial. La agricultura industrial busca producir alimentos a menor costo para maximizar las ganancias aumentando el uso de fertilizantes químicos, pesticidas, tierra, agua y energía en forma de mecanización, todo lo cual daña la biodiversidad de una forma u otra.

La Revolución Verde fue vendida al pueblo como un medio para superar la escasez, pero en realidad fue una manera de maximizar las ganancias de las élites de la gran agroindustria al desplazar la producción a pequeña escala a nivel comunitario hacia la industrialización y mercantilización de nuestro sistema alimentario. El hambre existe no porque los seres humanos no sepamos cómo cultivar suficientes alimentos o porque seamos demasiades en el planeta, sino como resultado de políticas capitalistas e imperialistas que afectan el acceso y la distribución de los alimentos.

Y eso nos lleva a la otra gran fuente de GEI y destrucción ambiental: el complejo militar-industrial de Estados Unidos, que es el mayor emisor institucional individual de gases de efecto invernadero a nivel mundial. Enormes cantidades de combustibles fósiles se destinan al apoyo logístico de las más de 800 bases estadounidenses repartidas por el mundo, además de alimentar ejercicios de entrenamiento y el transporte de personal militar, armas y equipos. Los niveles exactos de emisiones y los impactos ambientales de las pruebas de armas y de su uso contra los blancos del imperialismo estadounidense son incalculables. A pesar de estar exento de los informes de emisiones de la ONU, se estima que las emisiones del sector militar estadounidense equivalen a las emisiones de más de 140 países combinados. Una vez más, la mayoría de la humanidad no toma decisiones sobre si se deben reducir o no las operaciones militares estadounidenses. Es la élite dominante la que toma las decisiones en el Pentágono.

Un informe de Oxfam de 2022 titulado Carbon Billionaires: The Investment Emissions of the World’s Richest People encontró que le multimillonarie promedio es responsable de emisiones de carbono más de un millón de veces superiores a las de una persona promedio del 90% más pobre de la humanidad. Aunque sus estilos de vida lujosos también contribuyen al cambio climático, sus inversiones representan entre el 50% y el 70% de su huella de carbono.

Los seres humanos como especie no somos la causa de las crisis que enfrentamos. Lo son un puñado de integrantes de la élite dominante y el sistema capitalista que sostienen.

El socialismo es el futuro

Bajo un sistema socialista —en el que qué se produce, cuánto se produce, qué materiales se utilizan y cuántos residuos se generan— las decisiones las toma la mayoría, les trabajadores que crean toda la riqueza de la sociedad. Como trabajadoras y trabajadores, comprendemos colectivamente mejor que nadie los desafíos que enfrentamos porque somos la clase que hace funcionar la sociedad. Y, a su vez, podemos encontrar colectivamente las mejores soluciones, no señalando a nadie como chivo expiatorio, sino observando las causas reales e implementando soluciones reales que no solo permitan que la humanidad sobreviva, sino que prospere. Bajo el socialismo, les trabajadores que son expertes en sus campos son elegides para ocupar cargos gubernamentales porque son quienes más conocen los problemas que enfrenta la sociedad, a diferencia del capitalismo, donde una clase elitista de políticos profesionales, sin ninguna experiencia real de vida, toma las decisiones.

La humanidad cuenta con las herramientas y el conocimiento para transitar de inmediato hacia la producción de energía eólica y solar, construir un sistema nacional de transporte masivo con cero emisiones, avanzar hacia prácticas agrícolas regenerativas y agroforestales que trabajen con la naturaleza en lugar de degradarla, basar la producción en lo que es sostenible en lugar de en lo que es rentable y crear ecociudades que apoyen la biodiversidad y enfríen las temperaturas del aire. Pero el sistema económico bajo el cual vivimos es una barrera para implementar estas transformaciones de manera significativa.

La humanidad puede alimentar, alojar, educar y cuidar colectivamente a todas las personas mediante una economía socialista planificada. El rápido giro de China hacia las energías renovables y sus enormes proyectos de restauración ecológica ofrecen una muestra de lo que es posible bajo una planificación socialista, donde los recursos de la sociedad se utilizan para satisfacer las necesidades de las personas y del planeta.

La élite dominante quiere distraernos culpando a ciertos sectores de la población y promoviendo mitos como el de la sobrepoblación como causa de la crisis. Quieren que creamos que la catástrofe climática es inevitable y que debemos aceptar nuestro destino como algo predeterminado, una falla fatal de nuestra especie, mientras se enriquecen con nuestro sufrimiento. Pero cuando observamos los hechos y la fuente de las crisis, vemos que el futuro no está predeterminado y que tenemos el poder de cambiarlo cuando nos organizamos, tomamos control del sistema y lo alejamos del dominio del capital.

Un mundo socialista —donde les trabajadores tengan colectivamente el control de los recursos y planifiquen la economía para resolver las crisis que enfrentamos— es un mundo por el que vale la pena luchar.

Para que los pueblos del mundo y el planeta prosperen, el capitalismo debe terminar. ¡Luchemos por el socialismo!

Related Articles

Back to top button