Crédito de la foto: Con El Mazo Dando
Este artículo fue publicado en Peoples Dispatch.
A raíz de la operación ilegal de Estados Unidos contra Venezuela, se ha desatado una campaña deliberada de desinformación para sembrar dudas sobre la supervivencia de la revolución del país.
Los acontecimientos de las últimas 72 horas representan una escalada cualitativa en los 25 años de operaciones de cambio de régimen por parte del gobierno de Estados Unidos contra la Revolución Bolivariana en Venezuela. La ejecución por Estados Unidos de la “Operación Determinación Absoluta” (“Operation Absolute Resolve”), un bombardeo selectivo y el secuestro ilegal del presidente Nicolás Maduro, ha creado un momento de profunda crisis, pero también de profunda claridad. Para las fuerzas revolucionarias a nivel mundial, se requiere un análisis concreto para atravesar la desinformación, comprender el balance objetivo de fuerzas y trazar un camino hacia adelante.
Las condiciones objetivas de la intervención militar de Estados Unidos
Tras la operación, se ha hablado mucho de las capacidades militares inigualables del imperio estadounidense. Pero los marxistas deben partir de una comprensión de la correlación política de fuerzas. Al examinar más de cerca, el hecho de que la administración Trump tuviera que llevar a cabo una operación de este tipo también es prueba de las debilidades políticas del imperialismo — en Venezuela, a nivel internacional y dentro de su propio país.
La decisión del régimen de Trump de emprender esta operación, en lugar de una invasión a gran escala, es un testimonio del poder de la resistencia popular organizada. Dos factores principales limitaron las opciones de Estados Unidos:
- Movilización masiva en Venezuela: El llamado del presidente Maduro a ampliar masivamente las Milicias Bolivarianas hizo que más de ocho millones de ciudadanos se armaran. Sumado al ejército profesional venezolano, que no se ha fracturado, esto creó un escenario en el que cualquier invasión terrestre degeneraría en una prolongada guerra popular, con costos políticos y materiales inaceptables para Estados Unidos. Sigue existiendo una sólida base de apoyo al chavismo y a la Revolución Bolivariana, algo que la administración Trump admitió tácitamente cuando dijo que deberían proceder con “realismo”. Admitieron que la derecha venezolana carece del respaldo necesario para dirigir el país.
- Oposición interna en Estados Unidos: El rechazo generalizado a una intervención militar, que atraviesa el espectro político e incluye sectores significativos de la propia base de Trump, hizo políticamente inviable un despliegue a gran escala.
Ante estos factores disuasivos, la Casa Blanca optó por una estrategia de decapitación: utilizar su abrumadora superioridad tecnológica y militar para cortar la cabeza del Estado revolucionario, evitando al mismo tiempo un desastre militar. Al decidir utilizar un ataque “quirúrgico”, que involucró a más de 150 aeronaves y unidades de élite de la Fuerza Delta, en lugar de una guerra para destruir al Estado venezolano, están reconociendo tácitamente que este llegó para quedarse. Tras dos intervenciones militares fallidas y costosas en Irak y Afganistán, Estados Unidos ha buscado el camino de menor resistencia, prefiriendo campañas de bombardeo y secuestros que puedan servir como “trofeos” políticos. Pero debajo del estilo hipereemocional de Trump y de las tácticas militares hiperagresivas — que recuerdan épocas anteriores de “diplomacia de cañón” en América Latina — también hay una renuencia a llegar hasta el final con una guerra de cambio de régimen. Es un retorno a un imperialismo gánster del siglo XIX, que arranca concesiones a punta de pistola; esto es lo que Trump realmente quiere decir con “dirigir” Venezuela.
La asimetría de poder y la falsa idea de “traición”
Aunque las masas venezolanas, el partido y el Estado estaban preparados para contrarrestar una invasión estadounidense a gran escala mediante una guerra popular descentralizada de resistencia, ningún país del planeta tiene hoy la preparación o la capacidad de impedir la fuerza abrumadora y brutal de una operación especial de Estados Unidos como la que se llevó a cabo. Ninguna nación, por más moralmente justificada, popularmente movilizada o militarmente capaz que sea, puede igualar hoy, en este aspecto, la fuerza letal concentrada y de alta tecnología de la maquinaria bélica estadounidense. El bombardeo masivo coordinado, la interrupción de comunicaciones, electricidad y defensas antiaéreas, seguido del asalto a la residencia segura del presidente Maduro, fue una aplicación de ese poder asimétrico. La resistencia heroica del equipo de seguridad — integrado por fuerzas venezolanas e internacionalistas cubanos —, que resultó en 50 muertes en combate, confirma que esto fue un acto de guerra, no una “rendición”, pese a todas las afirmaciones previas.
Esto desmiente claramente la idea de que la multipolaridad, en la etapa actual, puede servir como mecanismo para proteger la soberanía de los Estados del Sur Global. Estados Unidos, con el mayor presupuesto militar del mundo, la red más extensa de bases militares y superioridad tecnológica, ha reafirmado su hegemonía unipolar en el terreno del poder militar.
La operación posterior de guerra psicológica ha buscado sembrar desunión alegando “traición” o “felonía” dentro del liderazgo revolucionario, apuntando particularmente contra la vicepresidenta Delcy Rodríguez. Esta narrativa carece de evidencia, es claramente falsa y, además, es una táctica clásica de la estrategia militar estadounidense y de sus operaciones psicológicas.
Las credenciales revolucionarias de la familia Rodríguez están grabadas en la lucha. Su padre, Jorge Antonio Rodríguez, dirigente de la Liga Socialista, una organización marxista-leninista, fue torturado y asesinado por el régimen del Pacto de Punto Fijo en 1976. Tanto Delcy como su hermano Jorge (presidente de la Asamblea Nacional) surgieron de esa tradición de lucha clandestina y de masas por el socialismo. El propio presidente Maduro fue cuadro de la misma organización. Sugerir traición entre ellos, o una capitulación nacida de cobardía u oportunismo, ignora cuatro décadas de formación política compartida, persecución y liderazgo bajo una agresión imperialista incesante, así como el carácter de clase de su dirección revolucionaria.
La resiliencia del Estado bolivariano y la táctica del repliegue
En las horas inmediatamente posteriores al ataque, el Estado venezolano demostró su arraigo y estabilidad. Contrario a décadas de propaganda estadounidense que anunciaba su colapso, la cadena de mando política y constitucional se mantuvo intacta. La vicepresidenta Delcy Rodríguez, junto con Diosdado Cabello (ministro de Interior), Vladimir Padrino (ministro de Defensa), y el núcleo de la dirección del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y de las fuerzas armadas, buscó estabilizar las instituciones, recuperar el espacio público convocando a las masas a movilizarse en protesta, y exigir prueba de vida del presidente Maduro. Mientras Trump afirmaba inicialmente que Estados Unidos “dirigiría el país”, Marco Rubio se vio obligado a retroceder. La continuidad funcional de la dirección del PSUV forzó ese repliegue retórico. Delcy Rodríguez, actuando como líder interina, contrarrestó la narrativa estadounidense: “En este país hay un solo presidente, y su nombre es Nicolás Maduro Moros… nunca más volveremos a ser colonia de ningún imperio”. En su apresurado retroceso, Rubio llegó incluso a desacreditar públicamente a su figura opositora escogida, María Corina Machado, reconociendo de facto al Estado bolivariano como la única entidad gobernante.
Las declaraciones posteriores desde Caracas llamando al diálogo y a negociaciones con Estados Unidos deben entenderse, entonces, no como capitulación, sino como un repliegue bajo coerción. Las condiciones objetivas son severas. Los giros derechistas en Argentina, Paraguay, Ecuador, El Salvador, Perú y Bolivia, y la vacilación de gobiernos progresistas en Brasil, Colombia y México, significan que Venezuela enfrenta aislamiento político en América Latina. El apoyo material y político que ha recibido de gobiernos aliados en Rusia y China, claramente no es suficiente para disuadir al imperialismo estadounidense de una nueva agresión. El bloqueo naval continuo y la amenaza existencial demostrada por una mayor acción militar estadounidense siguen siendo los desafíos más significativos.
En su primera declaración del 3 de enero, Trump insinuó que Delcy Rodríguez había expresado disposición a cooperar con Estados Unidos y acatar sus exigencias. Algunas personas en la izquierda le creyeron, interpretándolo como señal de capitulación de Delcy. En su conferencia de prensa ese mismo día, ella reafirmó la soberanía de Venezuela y sus propias exigencias a Estados Unidos, incluida la liberación del presidente Maduro. Al día siguiente, Delcy, tras encabezar una reunión de la dirección del partido y de ministros del gobierno — en la cual se reafirmó la unidad del partido, las masas y el ejército —, publicó un mensaje al mundo, claramente dirigido a Trump y al gobierno de Estados Unidos. Llamó al gobierno estadounidense a trabajar junto con Venezuela por la paz y el desarrollo, pero sobre bases de soberanía e igualdad. Esto no debe interpretarse ni como traición ni como capitulación. De hecho, esta declaración hace eco de cada declaración hecha por Maduro durante los últimos tres meses y a lo largo de los años de tensiones con Estados Unidos. El propio Maduro llamó de manera constante a la diplomacia y la negociación para evitar una guerra total, y ya había ofrecido negociar acuerdos económicos integrales con Estados Unidos sobre los recursos petroleros y minerales de Venezuela. Si el Estado venezolano firmara acuerdos de ese tipo de aquí en adelante — ahora con Maduro secuestrado —, eso no constituiría traición.
En 1918, Lenin y los bolcheviques firmaron famosamente el Tratado de Brest-Litovsk, cediendo vastos territorios a la Alemania imperialista para salvar a la joven República Soviética de la aniquilación. Fue acusado de vender la revolución por los “comunistas de izquierda” de su partido, pero comparó ese tipo de compromiso con el hecho de entregar la cartera a un “bandido armado” a cambio de la vida. Esa concesión llevó a la ruptura de la alianza con los socialrevolucionarios de izquierda, quienes lo acusaron de “traición”. Los socialrevolucionarios de izquierda emprendieron una lucha armada contra el gobierno bolchevique, incluido un intento de asesinato contra Lenin como “traidor a la revolución”, que lo dejó gravemente herido en septiembre de 1918. Dos meses después, Alemania se rindió y la República Soviética recuperó todo el territorio perdido en Brest-Litovsk.
Hoy, Venezuela enfrenta un “momento Brest-Litovsk” similar. Aislada por gobiernos regionales de derecha y enfrentando un bloqueo casi total, el núcleo revolucionario está priorizando la supervivencia del Estado como base de retaguardia para la lucha futura. En este contexto, la prioridad del PSUV y del gobierno venezolano es preservar el poder estatal revolucionario. Como reflexionó el Comandante Hugo Chávez tras el fracaso de la rebelión de 1992: “Debemos replegarnos hoy para avanzar mañana”. Esto puede implicar negociaciones abiertas con el gobierno estadounidense que permitan a corporaciones de Estados Unidos tener mayores participaciones y acceso a la producción petrolera de Venezuela bajo condiciones que beneficien ampliamente a los intereses estadounidenses, entre otras concesiones temporales en el terreno económico, para asegurar margen político y evitar la aniquilación total. El objetivo es mantener a Venezuela y Cuba como bases de retaguardia indispensables para el socialismo y el antiimperialismo, en un periodo de repliegue de las fuerzas socialistas en el Sur Global.
Trump está proclamando victoria — que “nosotros mandamos”. Lo hace principalmente por fines de política interna. Pero eso no lo convierte en realidad. Incapaz de ejecutar un verdadero cambio de régimen, esencialmente está usando palabras para declarar falsamente que “el régimen cambió”. The New York Times y otros medios corporativos están publicando titulares y artículos engañosos que respaldan la narrativa de Trump de que él “eligió” a Delcy Rodríguez por ser “dócil”. Ningún socialista debería reaccionar de forma automática aceptando la propaganda burguesa.
La revolución ha sufrido un golpe severo, pero su control del poder estatal persiste. Aunque el periodo que viene pondrá a prueba su cohesión y su creatividad estratégica, ha demostrado de manera constante una capacidad notable para navegar y superar grandes crisis. Nuestro papel desde dentro de Estados Unidos es seguir ampliando la oposición interna a los planes del imperio, contrarrestar campañas de desinformación y aportar a cambiar la correlación de fuerzas para que las y los revolucionarios del Sur Global tengan el espacio necesario para trazar su propio rumbo libres de amenazas y coerción. La revolución no es una persona; es un proceso social y un fenómeno de masas. El presidente Maduro está en una celda en Nueva York, pero el proyecto bolivariano sigue en las calles de Caracas y en el Palacio Presidencial de Miraflores.
Manolo De Los Santos es director ejecutivo de The People’s Forum y es investigador en el Instituto Tricontinental de Investigación Social. Sus textos aparecen con regularidad en Monthly Review, Peoples Dispatch, CounterPunch, La Jornada y otros medios progresistas. Coeditó, más recientemente, Viviremos: Venezuela vs. Hybrid War (LeftWord, 2020), Comrade of the Revolution: Selected Speeches of Fidel Castro (LeftWord, 2021) y Our Own Path to Socialism: Selected Speeches of Hugo Chávez (LeftWord, 2023).



