Este artículo fue publicado originalmente en el Substack de Claudia De la Cruz.v
He viajado a Cuba durante casi tres décadas. La primera vez fue durante el Período Especial. Yo era joven y estaba convencida de que entendía la solidaridad cubana porque había leído sobre ella en libros. Después de todas estas visitas y de haber construido vínculos duraderos con cubanas y cubanos en la isla, he aprendido que la solidaridad es un verbo. Es un principio que reconoce la humanidad en otras personas y que también nos da el privilegio de actuar desde nuestra propia humanidad.
La solidaridad es sentarse a oscuras en un portal en La Habana contando historias, aprovechando la brisa nocturna cuando colapsa la red eléctrica del país. Es abrazar a una pediatra que llora mientras comparte que no tienen electricidad para hacer trasplantes a niñas y niños que los necesitan con urgencia. Es caminar junto a personas que no pueden montarse en la guagua porque no hay combustible. Es tomar de la mano a un líder comunitario que dice que su organización alimenta a 11,000 personas al día, pero que ese trabajo sería menos necesario, o ni siquiera existiría, si el gobierno de Estados Unidos reconociera la humanidad del pueblo cubano y levantara el bloqueo.
El peso del regreso
Regresar a Estados Unidos se hace más desgarrador cada vez. En el momento en que el avión aterriza en Miami, comienza el latigazo. Llevo conmigo la alegría y la resistencia creativa del pueblo cubano junto con la miseria impuesta por las políticas del gobierno estadounidense. Luego experimento el hostigamiento y acoso de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos (U.S. Border Patrol), como les pasa a muchas otras personas. Sin haber hecho nada malo, salvo expresar solidaridad con Cuba, una termina sometida a detención e interrogatorio. La rabia me enferma. También confirma que el pueblo de Estados Unidos tiene más en común con el pueblo cubano que con su propio gobierno. El mismo sistema que intenta quebrar la dignidad del pueblo cubano busca deshumanizarnos a cada paso.
Después de la desorientación y el dolor, renuevo mi compromiso y siento con más fuerza la necesidad del trabajo de construir un movimiento antiimperialista aquí, en las entrañas del monstruo. Un sistema construido sobre la colaboración, la solidaridad y el diálogo. Un sistema que priorice la humanidad – no la ganancia.
Lo que construyó la Revolución, lo que el bloqueo busca destruir
La Revolución cubana transformó la vida de su pueblo de maneras que antes eran inimaginables. Tomó una nación donde el analfabetismo era generalizado y construyó un sistema de educación gratuita que forma docentes, médicos, científicos e ingenieros. Tomó un país donde la atención médica era un privilegio para unos pocos y estableció un sistema de salud universal y gratuito que se convirtió en ejemplo para el mundo. Declaró que la vivienda es un derecho humano, no una mercancía que se compra y se vende para obtener ganancias. La Revolución elevó la confianza y el sentido de dignidad de un pueblo que había sido tratado como colonia, como propiedad, como un patio trasero que había que explotar. Por primera vez, a las y los cubanos se les dijo que importaban, y lo creyeron. Se construyeron un nuevo sistema y una nueva cultura.
Pero el bloqueo está diseñado para deshacer todo eso. Cuba ofrece atención médica gratuita, pero no puede acceder a los materiales, equipos y medicamentos necesarios para mantener sus hospitales funcionando plenamente. Ofrece educación gratuita, pero no puede comprar las computadoras, el equipo de laboratorio y los materiales escolares que permitirían que sus escuelas prosperen. Valora la vivienda como un derecho humano, pero carece de materias primas como cemento, acero y madera para construir nuevas casas o mantener las ya existentes. El Estado tiene la voluntad, la infraestructura y el personal capacitado. Lo que no tiene es la capacidad de adquirir bienes básicos en un mundo del que ha sido sistemáticamente excluido. El bloqueo garantiza que cada logro de la Revolución exista bajo amenaza constante.
Eso es lo que representa el bloqueo de Estados Unidos: la amenaza de retroceder a la decadencia y la miseria a las que el capitalismo somete a los pueblos, tanto dentro como fuera de Estados Unidos. El mismo sistema que deja a millones de personas en Estados Unidos sin seguro médico, que trata la vivienda como una inversión para multimillonarios en lugar de un hogar, que educa a la niñez en escuelas que se caen a pedazos, ese mismo sistema busca ahora obligar a Cuba a volver precisamente a las condiciones de las que la Revolución la liberó.
Cómo se ve el bloqueo
En enero de 2026, la administración estadounidense llevó a cabo una operación militar ilegal en Venezuela y secuestró al presidente Maduro. Fue un acto de guerra contra una nación soberana y una maniobra estratégica para quitarle a Cuba su principal proveedor de petróleo. Luego amenazaron a México con aranceles, un chantaje económico para detener los envíos de petróleo a la isla. Le dijeron a todos los países de la región que, si se atrevían a ayudar a Cuba a mantener las luces encendidas, pagarían las consecuencias. La mayoría se vio obligada a obedecer.
Cuba no ha recibido combustible ni alivio alguno en tres meses. La isla, uno de los países más dependientes del petróleo en el mundo para generar electricidad, produce apenas el 39% del combustible que necesita. Esto ha provocado apagones frecuentes, escasez de medicamentos esenciales e imposibilidad de operar equipos críticos.
En el Hospital Pediátrico Universitario William Soler, pediatras compartieron que la atención oncológica, la diálisis, los servicios de emergencia y la atención infantil han sufrido graves interrupciones. Un hospital que realizaba casi 10,000 cirugías al año a niñas y niños ahora apenas realiza 3,000. Como le dijeron los médicos a nuestra delegación, tienen el compromiso, la capacitación y la dedicación, pero el bloqueo les impide brindar atención urgente a las y los niños.
Estas son las voces que la clase dominante de Estados Unidos no quiere que escuches. Considera esto:
– 16,000 pacientes con cáncer necesitan radioterapia y no pueden recibirla
– Más de 12,000 personas que dependen de la quimioterapia no pueden recibir tratamiento
– Casi un millón de personas dependen del agua que se reparte en camiones cisterna – y esos camiones necesitan combustible
– Más del 80% de la infraestructura de bombeo de agua depende de la electricidad
– Las ambulancias tienen dificultades para conseguir combustible, lo que retrasa la atención urgente
Algo tan cotidiano como el helado, o tan urgente como la insulina, es difícil de mantener refrigerado. Y los apagones siguen.
Mientras tanto, Trump y Rubio aumentan las exportaciones de combustible hacia el sector privado al mismo tiempo que la embajada de Estados Unidos solicita combustible para sus generadores al mismo gobierno al que está asfixiando. La hipocresía es descomunal.
El internacionalismo médico bajo ataque
Durante más de sesenta años, Cuba ha enviado médicos a los lugares más empobrecidos del mundo. Desde 1963, más de 600,000 trabajadores de la salud cubanos han prestado servicio en más de 160 países. Cuba produce médicos, no bombas. Tiene la mayor densidad de médicos del mundo, y ha puesto esos recursos al servicio de salvar vidas, desde África Occidental durante el ébola hasta comunidades indígenas abandonadas por sus propios gobiernos.
Estados Unidos quiere detener esto. Hace un mes, se vivieron escenas desgarradoras en Honduras, donde la gente se despedía llorando del personal sanitario cubano. En Jamaica, largas filas de personas esperaban desesperadamente ser atendidas por médicos cubanos antes de su partida. Seis países han puesto fin abruptamente a sus misiones médicas cubanas bajo presión de la administración Trump.
Esto no tiene nada que ver con “trabajo forzado” o “trata de personas”, como afirma Marco Rubio. Cualquiera que haya hablado con voluntarios médicos cubanos sabe que reciben salario, remuneración y que sus familias son atendidas. Lo que Estados Unidos no puede tolerar es el ejemplo de Cuba. Una pequeña isla bajo bloqueo que envía médicos a los lugares más remotos del planeta. Eso es una refutación viviente de todo lo que representa el imperialismo estadounidense.
Sesenta y siete años de resistencia
Cuba ha estado sometida a algún tipo de embargo, bloqueo o guerra económica durante 67 años. Más tiempo del que muchas de nosotras hemos estado vivas. Más tiempo que el que cualquier país en la historia moderna ha soportado bajo una guerra económica sostenida e integral por parte de un adversario.
Y, aun así, no han podido quebrarla. El bloqueo ha cercenado la capacidad del pueblo cubano para tener electricidad, pero la luz de Cuba no desaparece. ¡Sigue viva!
Hay una narrativa que a los imperialistas estadounidenses les gusta repetir: que el pueblo cubano está atrapado, oprimido, esperando que Estados Unidos lo libere. Que si Washington ejerce suficiente presión, Cuba colapsará.
Pero esto es lo que he visto durante casi tres décadas: el pueblo cubano no está esperando a Washington. Es una nación soberana que se liberó del imperialismo estadounidense. Está construyendo un proyecto socialista, y su único pedido es que Estados Unidos levante el bloqueo y los deje vivir.
Esto es lo que la lógica colonial no puede comprender: el pueblo cubano es de los más resilientes del mundo. Quiere vivir con dignidad, sin que el gobierno de Estados Unidos controle su existencia. Quiere lo mismo que quiere cualquier ser humano: vivir, trabajar, criar a sus hijos, tener electricidad y hospitales que funcionen. Pero no va a cambiar su dignidad por comodidad. No va a cambiar soberanía por supervivencia. No va a cambiar su proyecto revolucionario por el privilegio momentáneo de la seguridad para convertirse en propiedad de una entidad extranjera.
Los imperialistas estadounidenses llaman a esto terquedad o lavado de cerebro. Pero, ¿y si esto fuera exactamente lo que haría cualquier pueblo frente a un poder que se niega a dejarlo existir? ¿Y si este fuera el mismo espíritu que llevó a Vietnam a derrotar al ejército más poderoso de la Tierra? ¿El mismo espíritu que llevó a Sudáfrica a derribar el apartheid? ¿El mismo espíritu que impulsa al pueblo palestino a resistir el desplazamiento y el exterminio?
Una decisión que debemos tomar
La verdad es que no sé cómo terminar esta reflexión. Hay demasiadas cosas que decir y hacer.
Lo que sí sé es que el imperialismo estadounidense no va a descansar en su intento de eliminar todo lo que Cuba representa para mí y para millones de personas en el mundo que creen que un mundo mejor es posible.
El pueblo de Estados Unidos tiene una opción. Puede mirar hacia otro lado y creer las mentiras de que Cuba es un Estado fallido esperando a que Trump venga a salvarla. O puede abrir los ojos, despertar y ponerse a trabajar.
El pueblo cubano no está esperando ser salvado. Es protagonista de su propio destino, plenamente capaz de construir la sociedad que quiere y necesita. Es resiliente. Resistente. Sobreviviente de los actos más atroces cometidos por el imperio más poderoso de la historia moderna. No necesita nuestra injerencia; necesita nuestra solidaridad.
Cuba es hoy la primera línea de una lucha que incluye a todas y todos los que peleamos por defender la humanidad y el planeta. Su voz es la nuestra. Su mensaje es el nuestro. Su lucha es la nuestra. Desde Palestina hasta el sur del Bronx, y debemos amplificarla con todo nuestro ser:
No entregaremos nuestra dignidad.
No entregaremos nuestra voluntad de vivir.
No entregaremos nuestro derecho a decidir nuestro propio futuro.
Nosotros, el pueblo de Estados Unidos, tenemos una responsabilidad histórica y debemos negarnos a ser los voceros y soldados rasos del imperialismo estadounidense. Debemos exigir el fin del bloqueo. Debemos exigir que nuestro gobierno deje de usar el hambre de niñas y niños como arma de guerra, deje de desmantelar hospitales y deje de fingir que la crueldad es política exterior.
El pueblo cubano no se va a rendir. Nosotras y nosotros tampoco.



