En el verano de 2012, Shantel Davis fue asesinada por la Policía de Nueva York en su propio vecindario. Más de una década después, sus asesinos aún no han sido procesados. Hoy, su hermana Natasha Duncan lucha por lograr que la Junta Comunitaria 17 del barrio de Flatbush apruebe una campaña para renombrar una calle en honor a Davis. Pero su esfuerzo enfrenta obstáculos: la policía y sus aliados llevan años promoviendo una campaña para manchar la memoria de Davis y exculpar al oficial que le disparó.
El mismo día del asesinato, los noticieros ya difundían una versión falsa: hablaban de una “mujer de 37 años” en una persecución policial, y mostraban una imagen de una mujer tirada en la calle, boca abajo y ensangrentada. El oficial Phil Atkins, apodado “Bad Boy Atkins” y conocido por usar la fuerza de forma excesiva, la había sacado del vehículo y le disparó en el pecho.
Durante horas, la familia de Davis no supo que la mujer de la foto —rodeada por personas del vecindario — era su ser querido de apenas 23 años. No fue sino hasta el día siguiente que pudieron verla en la morgue.
Los medios no tardaron en atacar su imagen, llamándola “delincuente” y “bruja”, y alegando que conducía un auto robado. La policía filtró ilegalmente su historial de arrestos, violando su privacidad. Esto pasa con frecuencia: se examina el pasado de la víctima para justificar la violencia policial — como ocurrió con George Floyd y Eric Garner. Mientras tanto, la policía sigue asesinando impunemente, sin importar si las personas eran inocentes o no: recordamos a Breonna Taylor, que dormía cuando la mataron, o a Kimani Gray, un joven de 16 años asesinado en Flatbush por policías que alegaron — sin pruebas — que él les apuntó con un arma. En solo los tres primeros meses de 2025, la policía en EE. UU. ha matado a más de 250 personas, un aumento con respecto al año anterior.
“La gente dice cosas como, ‘Ay, sus papás estaban presos,’ pero tenemos los mismos papás,” cuenta Duncan. “Eso no justifica que la mataran. Buscan su historia en Google, ven su ficha policial, y con eso se quedan.”
Pero Duncan recuerda a otra persona. Davis era una tía joven, presente y amorosa con los hijos de su hermana. “Era la mejor tía para mis hijos,” dice Duncan, recordando cómo Shantel nunca olvidaba sus cumpleaños y organizaba torneos de baloncesto para la juventud del barrio. “Cada vez que [mi hijo y yo] discutíamos, él se iba con Shantel. Me llamaba y me decía: ‘Él está conmigo, tranquila’.” También cocinaba para su familia: “En Acción de Gracias, [mis hermanas competían] por ver quién hacía los mejores camarones con queso,” cuenta riendo. “La de Shantel era la mejor, sin duda.”
Durante más de diez años, Duncan ha luchado por cambiar la narrativa deshumanizante en torno a la vida y muerte de su hermana. Y aunque ha pedido justicia de múltiples maneras, sabe por qué el caso no ha tenido más eco y por qué la junta comunitaria sigue titubeando con el cambio de nombre de calle: la historia de su hermana no es “tan simple.”
Un sistema de brutalidad
El caso de Davis es un reflejo de un sistema más amplio de brutalidad contra la clase trabajadora y comunidades empobrecidas. En Flatbush, la presencia policial es constante: pueden interrogar a personas solo por estar en la calle o perseguirlas por cruzar sin pagar. Incluso se ha sabido que pagan ilegalmente a jóvenes de secundaria para participar en ruedas de reconocimiento.
“Así es la cultura del barrio,” dice Duncan. “Si estás afuera, te vas a topar con la policía porque así tratan a la juventud aquí.”
En ese sistema, cualquier persona trabajadora puede convertirse en blanco policial. Pero Duncan sostiene que no debería existir el concepto de la “víctima perfecta”: ningún caso de brutalidad es justificable. Lo que ocurrió con su hermana no tiene justificación, sin importar lo que digan los medios.
En el momento del asesinato, el oficial “Bad Boy” Atkins ya le había costado a la ciudad más de 200,000 dólares en demandas por arrestos ilegales, uso excesivo de la fuerza y falsificación de pruebas.
Ese mismo sistema sigue fallando a Shantel Davis. Desde que empezó a organizarse, Duncan ha visto pasar tres fiscales distintos: uno acusado de corrupción, otro que traicionó a las familias víctimas de la violencia policial tras ser electo, y otro más que simplemente ignora a la comunidad.
“Esos fiscales trabajan todos los días con la policía,” afirma Duncan. “No pueden decir que son imparciales. Todo está conectado. Y al final, las familias quedamos solas.”
Honrando la memoria de Shantel y construyendo comunidad
A pesar de todo, Duncan no ha dejado de luchar. Quiere honrar la vida de su hermana construyendo comunidad, contando su historia y apoyando a la juventud de East Flatbush. “Ella tenía muchos sueños,” dice Duncan, “y se los arrebataron demasiado pronto.”
Como educadora, organiza actividades para la juventud: repartos de útiles escolares y el torneo anual de baloncesto “Hoops for Justice”, en honor a los torneos que organizaba Shantel. “Hay que hablar con la juventud,” dice Duncan. “Hay que mostrarles que pueden luchar contra lo que es injusto — no tienen por qué aceptarlo.”
Natasha Duncan y su comunidad siguen adelante, decididas a mantener viva la memoria de Shantel Davis y de tantas otras víctimas de la violencia policial. La campaña para renombrar la calle es el próximo paso, pero su meta es más grande: transformar un sistema que acorta vidas con violencia innecesaria y que se niega a proteger a quienes sostienen la vida. Hacen un llamado a la comunidad para que sigan al tanto por redes sociales, participen en las próximas reuniones de la Junta Comunitaria 17 y sigan difundiendo la historia de Shantel. El próximo torneo Hoops for Justice será el 2 de agosto, y Duncan asegura que la policía ya sabe que no es bienvenida.
Foto destacada: Natasha Duncan, hermana de Shantel Davis, exige justicia. Imagen cortesía de Natasha Duncan.




